LA SUPERACIÓN DE LA RELIGIÓN

LA FILOSOFÍA FUERA DE LA ACADEMIA:
CAPÍTULO 2, LA SUPERACIÓN DE LA RELIGIÓN

MAURICIO DIMEO

INTRODUCCIÓN

 

La religión es sin duda uno de los más grandes fenómenos de la humanidad, por ello conocer al ser humano implica conocer las religiones y viceversa.

 

En este escrito se busca explicar el núcleo de las religiones y así clarificar cómo es posible superarlas, ya que actualmente funcionan como un engaño masivo y un instrumento de opresión, en su mayoría.

 

1. RELIGIÓN PRIMITIVA

 

En sus inicios la religión era radicalmente distinta a como es en la actualidad, una de las principales diferencias es que las primeras religiones eran naturalistas, es decir, la religión primitiva “se dirige a las cosas de la naturaleza (…) a objetos de todo tipo que pueblan la superficie de la tierra, plantas, animales, rocas, etc.” (Durkheim, 2007:53).

 

En un principio la religión no era una explicación sobrenatural del mundo natural, sino algo totalmente natural, la naturaleza misma estaba encantada, las cosas, las plantas, los animales y todo cuanto nos rodea se concebía como un todo en un solo plano natural, el cual era explicado por la religión naturalista. No podía haber choque entre religión y ciencia porque la única explicación existente era la religiosa, pero estas religiones estaban totalmente compenetradas con la experiencia cotidiana, eran religiones empíricas, por lo que sus concepciones partían de la experiencia racional y no del dogma.

 

Se cree comúnmente que el origen de la religión es al mismo tiempo el origen de los dioses, pero no es verdad, ya que la religión no surgió por una idolatría o por una mistificación o fetichización de la realidad, sino como un principio de identidad. Ya que lo primero que necesitaron los seres humanos, cuando desarrollaron el uso de la razón, fue un sentido de pertenencia, el cual identificaron con algún objeto, planta o animal que fuera común en su localidad. Es así como surgieron los tótems que simbolizaban la identidad de un grupo determinado.

 

Otro de los mitos en torno a la religión consiste en creer que ésta surgió del temor a lo desconocido. Sin embargo, en sus inicios “la potencia a la que se dirige el culto, no se la representa volando por encima de él y aplastándolo con su superioridad: está, al contrario, cerca suyo (…) ya que está presente en las cosas que pueblan su medio inmediato y le es, en parte, inmanente a él mismo” (Durkheim, 2007:233).

 

Claro que había temor en las poblaciones prehistóricas, pero esa no fue la causa de la religión, ya que los primeros cultos estaban relacionados con objetos, animales y plantas familiares al grupo, no los grandes fenómenos naturales, sino las pequeñas cosas que nos brindan una identidad. Estas pequeñas cosas estaban estrechamente a su modo de vida, de cazadores y recolectores, después, con el desarrollo de la agricultura, la religión se desarrolló con los fenómenos naturales, ya que estaban relacionados con el ciclo de cultivo y por ende con su supervivencia.

 

De este modo, los hombres primitivos empezaron a distinguir aquello que les era familiar, que los unía con su comunidad, de aquello que no les representaba ningún significado y así fue como surgió la diferencia entre lo sagrado y lo profano, que no tiene relación alguna con lo sobrenatural, idea totalmente ajena a la religión primitiva, sino al valor común que se le otorgaba a los objetos, plantas y animales en función de su significado social. Al ser lo sagrado lo que brinda identidad y significado a una comunidad, tiene que ser protegido a toda costa de interferencias mundanas, es decir, de la profanación, pues de lo contrario la comunidad perdería su cohesión social y su sentido de vida.

 

En el caso de la noción de inmortalidad, las religiones primitivas tienen mucho que aportar, ya que “la noción de alma no implicaba la idea de sobrevivencia, sino que más bien parecía excluirla (…) el alma, aunque se distingue del cuerpo, se cree sin embargo que es estrechamente solidaria con él: envejece cuando él envejece (…) es la perpetuidad del grupo. Los individuos mueren, pero el clan sobrevive” (Durkheim, 2007:273).

 

Vemos pues que las religiones primitivas no prometían una vida después de la muerte, sino que obedeciendo a esa necesidad de identidad y significado, ofrecían algo muy concreto y real como es la perpetuidad del individuo mediante el grupo, es decir, la trascendencia colectiva y no un atractivo individualista como es la inmortalidad.

 

2. RELIGIÓN DERIVADA

 

Con el desarrollo de la agricultura surgió la civilización y con ella la religión se transformó. Uno de los primeros cambios que sufrió la religión fue su conversión de naturalismo al animismo, es decir a atribuir conciencias a las cosas, animales y plantas.

 

En tal sentido, aquellas fuerzas impersonales que daban significado a la identidad de una comunidad, se transmutaron en fuerzas personificadas, tales como dioses, que si bien conservan los valores que sacralizan a una comunidad, su constitución se superpone al mundo natural. De este modo surgió la división entre lo natural y lo sobrenatural, entre los dioses y los hombres, entre lo animado y lo inanimado.

 

Estas dualidades no son gratuitas, obedecen a una situación histórica determinada, en la cual la producción material de alimentos y otros recursos hizo posible la toma de poder de un grupo o de un individuo, con el correspondiente sometimiento de otros. Esta dominación requería de su oportuna justificación ideológica, pues no bastaba con mantener el dominio por la fuerza, había que justificar tal relación religiosamente.

 

En tales circunstancias, la religión primitiva debía ser transformada gradualmente, el naturalismo se convirtió en animismo, donde se propició el temor ante la naturaleza, ya que cada fenómeno natural es una entidad furiosa, dispuesta a aniquilarnos. Además sólo los dominadores podían tener acceso al conocimiento del mundo, de modo que sólo ellos podían comunicar cómo funciona el mundo, con autoridad y razón indiscutible, es decir, con el dogma. De este modo el conocimiento racioempírico de la religión primitiva degeneró en dogma irracional (revelado) de la religión derivada.

 

Vemos pues, que las principales características de las religiones modernas no existían en la religión originaria, sino en su desarrollo posterior. Dogmas, dioses, temor e incluso inmortalidad fueron creados para dominar y someter a la población, pues la promesa en la vida después de la muerte eliminaba toda aspiración de trascendencia terrenal y social.

 

El animismo se consolidó como politeísmo, es decir, las almas o conciencias que habitaban los fenómenos u objetos del animismo, tomaron identidad propia y poderes absolutos en el politeísmo, mejorando así el instrumento de dominación social. Con la invención del monoteísmo se perfeccionó dicho instrumento, pues bastaba formular un solo ser supremo para mantener a la población sometida. Pero el monoteísmo rara vez fue asimilado en su totalidad por la población, ya que a menudo se conservaron rezagos politeístas como la trinidad o los santos, éstos últimos permitieron un acercamiento más personal del pueblo con las religiones oficiales, ya que el dios monoteísta servía más para el temor y los santos servían más para la consolación.

 

El monoteísmo no fue enteramente negativo en el desarrollo de la humanidad, ya que facilitó la unificación de creencias que no permitía el politeísmo y con ello propició la formación del Estado, ya que la unidad ideológica generó cierta unidad política. Una de las primeras religiones monoteístas fue el judaísmo, que en sus inicios tuvo un Estado teocrático.

 

Dentro del cristianismo se formularon las tres virtudes teologales necesarias para la dominación: fe, esperanza y caridad.

 

2.1 Fe. Para la religión primitiva no era necesaria la fe, pues la realidad y la creencia estaban estrechamente entrelazadas, ya que toda creencia religiosa tenía una fuerte base racioempírica. Pero las religiones derivadas tenían que imponer dogmas en franca contradicción con la realidad, para poder engañar al pueblo. La fe sirve para que pueda creerse en algo que contradice la experiencia, es decir, para que las personas confíen en un ser supremo ajeno a la realidad, desnaturalizado y poderoso. La fe tenía que formularse como una virtud, como algo deseable, para que el pueblo lo asumiera como suyo y lo integrara en su cosmovisión.

 

2.2 Esperanza. En la religión primitiva no hacía falta esperanza de ningún tipo, pues su cosmovisión implicaba una integración a la naturaleza y a la comunidad que no requería de un mundo sobrenatural. Por el contrario, el sometimiento social que requieren las religiones derivadas, hace necesaria la formulación de una esperanza de bienestar después de la muerte, que haga soportable la pesada carga de la existencia terrenal. Carga provocada por los grupos de poder y no por voluntad divina.

 

2.3 Caridad. La caridad como virtud teologal es lo mismo que la llamada regla de oro: ama a tu prójimo como a ti mismo. Nuevamente, en la religión primitiva no hacía falta una regla que dictara amar, ya que las comunidades eran capaces de vivir en armonía con los pocos recursos que tenían. Por el contrario, cuando un grupo de personas somete a otro, es necesario formular una regla de amor, para así moralizar la conducta de los oprimidos y amansarlos lo más posible, de modo que sea menor el riesgo de una revuelta.

 

Vemos entonces que las religiones derivadas no son más que una deformación de las religiones espontáneas de la época primitiva, que sólo sirven como instrumentos de dominación y de engaño, pero sobre todo de enajenación, ya que el invento del mundo sobrenatural (como el cielo) subordina y desvaloriza el mundo real y a nosotros mismos, haciendo que todo pierda significado y se genere una falsa identidad.

 

3. RELIGIÓN DEGENERADA

 

Ante la falta de significado de las religiones derivadas, surgió una amplia gama de religiones degeneradas, las cuales son un intento desesperado por poseer un sentido e identidad, a falta de opciones religiosas o sociales.

 

La religión degenerada es la predominante en la sociedad actual, pues aunque la mayor parte de la población se considere de alguna religión oficial, su actuar obedece a una falta de sentido y de identidad, ya que predomina el individualismo. El problema de la mayor parte de los ateos radica en que se limitan a atacar a las religiones y a los dioses, pero no ofrecen nada semejante a lo que las religiones brindan, como el significado o la identidad.

 

La búsqueda de identidad y significado es inmanente al ser humano, como la religión actual no es capaz de satisfacer esa necesidad, la sociedad ha generado válvulas de escape, tales como el fanatismo patriótico, deportivo o musical. Si comparamos estos fenómenos con lo que fue la religión primitiva, vemos que se asemejan mucho. Por ejemplo, un aficionado típico al futbol se siente identificado con un club y comparte actividades y lugares con los otros fanáticos, el club tiene simbolizado un animal o algún otro emblema que les brinda una identidad grupal, la pasión que tiene por el equipo le da significado a su afición e incluso a su vida y los accesorios del club son de un valor absoluto, es decir, sagrados.

 

Otra forma de religión degenerada es la llamada “nueva era” que aprovecha la falta de respuestas de la religión derivada y los avances de la ciencia para mezclar todo tipo de creencias orientales, occidentales, religiosas, astrológicas, mitológicas y científicas, con el objetivo de hacer grandes negocios. Uno de sus mayores éxitos es la metafísica cristiana, que tiene como su principal argumento: lo que pienses se hará realidad. Evidentemente que con un lenguaje sencillo y con palabras atractivas gran parte de la población ignorante y desorientada aceptó ciegamente las ofertas de la nueva era, que es muy lucrativa, no sólo por la venta de libros, sino por las conferencias, exposiciones y venta de accesorios de todo tipo.

 

¿Qué encontramos en la nueva era? No brinda una identidad y un significado como la religión primitiva, pues es una mezcla heterogénea de culturas y creencias contradictorias. No es el producto de la civilización y el desarrollo histórico como la religión derivada, sino la mezcla arbitraria de creencias y supersticiones. No es como el fanatismo deportivo o musical que al menos ofrece cierta identidad y diversión sana (regularmente). La nueva era es uno de los engaños y estafas más grandes en materia de religión que haya existido y una gran ofensa para la cultura y la inteligencia humana.

 

Todo este fenómeno es consecuencia de la falta de significado e identidad que generan las religiones derivadas, las cuales son un instrumento de dominación ideológica de las clases poderosas para mantener al pueblo ignorante y manso. Los fanatismos deportivos, musicales y de la nueva era, entre otros, contribuyen al mismo control social, pero esto puede cambiar, como veremos en adelante.

 

4. RELIGIÓN LIBERADA

 

Las religiones derivadas son un instrumento de opresión, sin embargo, muchas de ellas tomaron como base las religiones populares que ofrecían cierto significado e identidad, pues tenían que partir de lo que creía el pueblo para dominarlo con sus propias herramientas.

 

Este es el caso del cristianismo, pues las enseñanzas cristianas eran un instrumento de lucha contra la injusticia y la opresión de Roma contra los pueblos dominados. Luego Constantino tomó el poder e hizo del cristianismo la religión oficial, neutralizando toda insurrección.

 

Los argumentos del cristianismo perduraron en la Biblia como letra muerta y sólo hacía falta que las condiciones históricas fueran propicias para su aprovechamiento. Este fue el caso de América Latina, donde surgió la Teología de la Liberación en 1968. La cual recupera las enseñanzas cristianas en cuestiones de lucha social. Esta corriente contiene aspectos tanto de la religión primitiva como de la derivada, ya que maneja cierta inmanencia, como se explicará en adelante.

 

Hemos visto que la religión derivada se fundó en el engaño y la opresión. Los primeros cristianos lo evidenciaron: “Dime, ¿De dónde te viene a ti ser rico?, ¿de quién recibiste la riqueza? Y ése ¿de quién la recibió? Del abuelo, dirás, del padre. ¿Y podrás, subiendo el árbol genealógico, demostrar la justicia de aquella posesión? Seguro que no podrás, sino que necesariamente su principio y su raíz han salido de la injusticia” (citado en Miranda, 1971:30). Este aspecto no es meramente moral, en el sentido de que todos busquemos ser pobres, sino que es político, pues evidencia que la acumulación de riqueza implica el robo, así como declara Ambrosio: “No le regalas al pobre una parte de lo tuyo, sino que le devuelves algo de lo que es suyo” (citado en Miranda, 1971:31).

 

Esta injusticia que permite la existencia de clases sociales es evidentemente justificada por la ley, de modo que todo intento de insurrección por causa de la justicia será reprimido, es por eso que la propia Biblia está en contra de la ley: “Habéis roto con Cristo cuantos buscáis la justicia en la ley; os habéis apartado de la gracia” (Gal 5,4).

 

La Biblia contiene una infinidad de argumentos contra la riqueza y la injusticia, pues los poderosos parten de las creencias populares y las institucionalizan para someter al pueblo con sus propios instrumentos, es por eso que la religión derivada se funda en premisas políticas populares, pero que son mediatizadas por la institución hasta trastocarlas en valores morales, de modo que se mantenga la desigualdad intacta. En otras palabras, “que a los ojos de la Biblia la sociedad dividida en clases es mala en sí misma, no por causa de esencias, sino porque es absolutamente imposible que llegue a existir sin la violencia y el despojo que un grupo ejerce sobre todo el resto de la población” (Miranda, 1971:37).

 

Un ejemplo de este trastrocamiento moral de un fenómeno político lo encontramos en Sodoma, pues la religión institucional pretende interpretarlo como un caso de pecado moral, incluyendo la sodomía, en vez de atenerse a las razones bíblicas, “Este fue el crimen de tu hermana Sodoma: lujo, opulencia y despreocupada seguridad fue el delito de Sodoma y sus hijas: no asistió al pobre y al indigente (Ez 16,49).

 

La búsqueda de justicia en el cristianismo no es uno de tantos preceptos, sino el principal, tanto que sólo mediante él es posible conocer a Dios. Es decir, la práctica religiosa que, según la Biblia, nos permite acercarnos a la divinidad es la justicia terrenal, pues en un pasaje se expresa: “defendió la causa del pobre y del indigente. ¿No es esto conocerme? Dice Yavé” (Jer 22,16). Por la misma línea, el amor al prójimo de la Biblia no es ese amor romántico y ambiguo que suele predicarse, sino un amor-justicia que lucha no sólo en sentido moral, sino políticamente, contra los poderosos y no sólo contra la “maldad”.

 

En la Biblia hay evidencia de una religión inmanente, es decir, de naturalismo. Un ejemplo de ello radica en esta frase: “Los injustos serán exterminados, la estirpe de los inicuos se extinguirá, los justos poseerán la tierra, la habitarán por siempre jamás” (Ps 37, 28-29). En tal sentido, para esta religión la divinidad no busca realizarse en lo más alto, sino aquí en la tierra, desea instalar el reino de Dios en la tierra, lo cual sólo es posible ejerciendo la justicia terrenal, que está en clara contraposición con soportar el sufrimiento por la esperanza de la vida eterna. Pues incluso “como última enemiga será destruida la muerte” (1 Cor 15,26). Es evidente que si se quiere vencer a la muerte no se está confiando en una vida eterna fuera de este mundo, sino en realizarla terrenalmente. El reino de Dios no es de este mundo, pero sólo se realiza en este mundo.

 

Además, es probable que la idea de Dios en la Biblia sea sólo una metáfora, la cual nos permite actuar significativamente en función de la identidad social. En otras palabras, “la Biblia entiende el espíritu de Yavé como una manera de ser y de actuar, como caracterización cualitativa, más que como hipóstasis o entidad o persona” (Miranda, 1971:191). En ese sentido, parece que la idea de Dios en la Biblia no es otra cosa que una herramienta conceptual para establecer la justicia como la máxima de acción y como un proyecto de realización terrenal, por eso Miranda apoya la traducción de Ex 3, 14 como “seré el que seré” y no como “soy el que soy” referido a Yavé (1971:248).

 

En síntesis, si bien la religión derivada manipula los libros sagrados a su beneficio, los que los escribieron apostaban por una lucha contra la injusticia, la acumulación de riqueza y la opresión. De este modo, la propuesta de los primeros cristianos y de los teólogos de la liberación consiste en buscar la justicia terrena y la realización, identidad y significado del ser humano mediante la lucha social, contrario a la religión institucional que promete la dicha eterna a cambio del sufrimiento en vida.

 

5. RELIGIÓN SUPERADA

 

Suele argumentarse que la religión es la base de la sociedad y que de hecho somos seres religiosos, sin embargo, hemos visto que lo que genera la religión es una necesidad de identidad y significado, los cuales no necesariamente requieren de una religión.

 

Sería ingenuo idealizar a la religión primitiva como una supuesta Edad de Oro, pero tampoco podemos rechazarla como mero salvajismo. Tenemos que valorarla en su justo medio, resaltando que brindaba identidad y significado sin necesidad de dioses, inmortalidad o sobrenaturalidad. También sería ingenuo pretender regresar a ese pasado primitivo, lo que no implica dejar de recuperar aspectos positivos de nuestros ancestros.

 

En  el caso del cristianismo primitivo, retomado por la teología de la liberación, tenemos que rescatar esa propuesta de lucha social contra la injusticia, lo que brinda un significado complementario a la religión primitiva y tenemos que rechazar su dogmatismo, que está en contradicción con el conocimiento racioempírico que nos acerca a la realidad concreta.

 

La mejor forma de salvar los aspectos positivos de la religión consiste en integrarlos en una visión dialéctica, que sea capaz de actualizarlos. Y la mejor forma de evitar los rezagos sobrenaturales que generan enajenación consiste en poseer una visión materialista. En ese sentido, la propuesta de este escrito es el materialismo dialéctico.

 

Consecuentemente, el marxismo (o materialismo dialéctico) sostiene una visión naturalista, pues afirma que cuando conozcamos a fondo las leyes de la naturaleza y de la sociedad “volverán los hombres, no solamente a sentirse, sino a saberse parte integrante de la naturaleza y más imposible se nos revelará esa absurda y antinatural representación de un antagonismo entre el espíritu y la materia, el hombre y la naturaleza, el alma y el cuerpo” (Engels, 1961:152). En tal sentido, aquélla visión racioempirista que tenía la religión primitiva, es semejante a la visión científica del mundo, de modo que la mejor forma de conocer las leyes de la naturaleza y de la sociedad consiste en partir de la ciencia y no del dogma religioso.

 

Por la misma línea, el marxismo propone una identidad que esté con los explotados y los oprimidos, por eso sugiere una conciencia de clase, que nos identifique dentro de un todo social y nos brinde un significado histórico de lucha contra la injusticia, semejante a la teología de la liberación, pero sin los rezagos de la religión derivada, como Dios y lo sobrenatural.

 

Inclusive, mediante el marxismo podemos sugerir una identidad que trascienda lo humano y nos haga sentir identificados con el cosmos, pues si en la historia del universo la materia se ha desarrollado desde lo físico hasta lo social y técnico, esto sugiere que podemos contribuir a dicho sentido con el desarrollo de la sociedad. De este modo aquélla identificación del hombre primitivo con su entorno, puede ser recuperada de manera dialéctica, donde los conocimientos científicos sean la base de una visión que nos identifique con el universo, pues como decía Sagan: estamos hechos de polvo de estrellas.

 

 

Del mismo modo, la perpetuidad colectiva que ofrecía la religión primitiva y que la religión derivada tergiversó en inmortalidad del alma, puede ser recuperada con la trascendencia en sentido histórico que sugiere el marxismo, es decir, no buscar una vida eterna, sino trascender nuestro tiempo mediante la lucha social. Se vence a la muerte cuando se le acepta como algo natural, no cuando se busca vivir indefinidamente.

 

Además el apasionamiento por la vida adquiere autenticidad cuando se lucha por objetivos genuinos, como la justicia social, cuando se entrega la vida por una causa justa, cuando el trabajador se une con sus semejantes para pedir un empleo digno, cuando el ama de casa pide un trato justo por el trabajo que realiza en el hogar. Esta pasión por la vida que ofrece la religión, puede ser recuperada con creces en la lucha por una sociedad mejor.

 

El marxismo es un proyecto de emancipación, por lo que aún está por realizarse y a semejanza del dios bíblico, “será el que será”. En otras palabras, el proyecto socialista del materialismo dialéctico es aún una utopía, pero no en el sentido de que jamás se realizará, sino que tiene posibilidades de efectuarse en razón de que parte de las condiciones históricas para proponer una sociedad justa y plenamente desarrollada.

 

Evidentemente que cualquier proyecto de emancipación corre el peligro de fracasar, por eso necesitamos de la esperanza, pero no de una esperanza como virtud teologal, que no es más que una medida de control social, sino un principio de esperanza como el que propone Bloch (2007). Esta esperanza no es irracional como en la religión derivada, sino una herramienta más dentro de la lucha contra la injusticia, ya que “la razón no puede florecer sin esperanza ni la esperanza puede hablar sin razón; ambas en unidad marxista” (Bloch, 2007:500). Es decir, requerimos poseer la esperanza de superar la injusticia social, para que tal proyecto sea racional; del mismo modo que tenemos que racionalizar la esperanza para que ésta sea un instrumento de lucha y no una mera añoranza. La lucha social es dura y con escasos resultados inmediatos, pero los pequeños pasos cuantitativos se van acumulando hasta propiciar el salto cualitativo, por eso no debemos perder la esperanza, de lo contrario la vida perdería significado.

 

En tal sentido, el marxismo no es una religión, sino la mejor forma de superar a la religión, pues la mera negación de las deidades que sugiere el ateísmo no basta para emancipar a la humanidad de sus creencias sobrenaturales. El único modo de “derrocar a los dioses” consiste en que el pueblo tome el poder, pues sólo de esa forma es posible destruir ese aparato ideológico que engaña a la población y favorece el sometimiento e ignorancia de los oprimidos. La religión y lo dioses existirán en la mente de las personas mientras éstas vivan en la injusticia que conlleva el sistema capitalista y la ignorancia anticientífica que supone el dogma, sólo puede lograrse la emancipación religiosa cuando se forje la emancipación social, no a la inversa.

 

6. CONCLUSIÓN

 

La religión fue necesaria históricamente e incluso otorgó una identidad y un significado a la vida de las comunidades primitivas. Pero actualmente sirve como un instrumento de enajenación, dominación, opresión y engaño que debe ser superado. Dicha superación no puede efectuarse en el plano ideológico, sino con la lucha política, aquélla lucha que nos permita recuperar identidad y significado a la vida, de modo que vivamos armoniosamente con la naturaleza y nuestros semejantes. Esto sólo es posible en el socialismo científico, donde el objetivo no es regresar a un pasado ancestral, sino conocer y transformar objetivamente la realidad social y natural, con la esperanza racional en un mundo justo, libre y mejor.

 

Se ha dicho que el comunismo que ofrece el marxismo no es otra cosa que una especie de paraíso disfrazado, pero hay una diferencia radical, el paraíso o el cielo es un estado de plenitud y quietud absolutas, en cambio el comunismo será el producto del desarrollo de la técnica y de la sociedad, donde encontraremos nuevos retos y nuevos límites, los cuales podremos superar en un movimiento dialéctico que jamás termina, porque el significado de la vida no radica en llegar al final de los tiempos, sino en siempre seguir adelante.

 

También se ha dicho que todos tenemos la necesidad de creer, pero esto no implica que tal creencia sea exclusivamente religiosa. Es decir, no creer en nada nos haría caer en el sinsentido, pero podemos optar por una creencia mucho más concreta y objetiva que dioses o religiones: la creencia en la capacidad de la humanidad de mejorarse a sí misma. Nuestro credo puede ser este: “creo firmemente que la humanidad, mediante un esfuerzo constante y una lucha social efectiva, podrá superar la opresión y explotación capitalista, y será capaz de forjar una sociedad justa y plenamente desarrollada”.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Bloch, Ernst (2007) El Principio de Esperanza (3). Madrid, Trotta.

 

Durkheim, Émile (2007) Las Formas Elementales de la Vida Religiosa. México, Colofón.

 

Engels, Federico (1961) Dialéctica de la Naturaleza. México, Grijalbo.

 

Miranda, José Porfirio (1970) Marx y la Biblia. México, edición del autor.

 

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Acerca de maudimeo

profesor de filosofía en bachillerato y licenciatura
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