DIALÉCTICA DE LAS CLASES SOCIALES

LA FILOSOFÍA FUERA DE LA ACADEMIA

CAPÍTULO 7: DIALÉCTICA DE LAS CLASES SOCIALES

MAURICIO DIMEO

En este escrito se analizará la composición de las clases sociales en función del papel que juegan en la sociedad, desde una perspectiva materialista.

En el capitalismo existen dos clases fundamentales: la burguesía y el proletariado. Esta caracterización a menudo se acepta acríticamente y sin considerar el desarrollo histórico de diversos sectores, tales como el medio del espectáculo o la delincuencia organizada, por todo ello considero necesario hacer una caracterización que sea capaz de explicar el devenir de los diversos sectores de clase.

1. CARACTERIZACIÓN

Una de las formas más comunes de caracterizar a la sociedad consiste en asignar tres niveles que son casi de sentido común: clase alta, media y baja. En los estudios socioeconómicos suelen usarse varios parámetros para clasificar a la población, como el siguiente:

Clase alta (o nivel A y B): casas en calles privadas, viajes al extranjero al menos una vez al año y estudios mínimos de licenciatura.

Clase media (o nivel C): casas o departamentos con vigilancia regular, viajes dentro del país al menos una vez al año y estudios mínimos de preparatoria.

Clase baja (o nivel D): colonias populares y estudios de secundaria.

Clase muy baja (o nivel E): chozas de lámina con piso de tierra, en zonas marginales, estudios de primaria o menores.

Este tipo de clasificación está hecha para realizar investigación de mercado, pero de ningún modo tiene la capacidad de explicar la composición de las clases, las causas de su origen o la razón de su existencia. Por lo tanto, requerimos de una caracterización mucho más científica que sea capaz de explicar la estructura social eficientemente.

La interrogante es: ¿Qué es lo que conforma una clase social? No es el poder adquisitivo, ni la posición social, sino la función que ocupa dentro de la economía, es decir: somos lo que hacemos.

De este modo podemos caracterizar a la sociedad de acuerdo a su praxis en dos clases fundamentales: aquéllos que son dueños de los medios de producción, a quienes se les suele llamar burguesía y quienes despojados de medios de producción se ven obligados a trabajar, que conforman el proletariado.

Además, existen subclases o sectores de clase que se han diversificado en razón del desarrollo de la sociedad, tales como la pequeña burguesía y el lumpemproletariado, los cuales analizaremos en el transcurso del ensayo.
2. PROLETARIADO

-Pero papá – le dijo Josep, llorando-. Si Dios no existe, ¿Quién hizo el mundo?
-Tonto –dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto-. Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.
Eduardo Galeano

El proletario es aquél que al no poseer medios de producción se ve obligado a vender su fuerza de trabajo. Es decir, todo aquél que no sea dueño de ninguna empresa y que tiene que trabajar para vivir y poder reproducirse.

Lo que caracteriza a esta clase es que tiene la producción material en sus manos, es decir, son los encargados de generar el alimento, el vestido, los transportes, las edificaciones, las herramientas y todo cuanto requiera de mano de obra.

En ese sentido, al proletariado puede dividírsele en dos grandes grupos: los obreros industriales, los cuales trabajan en fábricas y los obreros agrícolas que trabajan en el campo. Conforme la sociedad se desarrolla, el obrero agrícola va disminuyendo en razón inversa al proletariado industrial, es decir, con el avance de la tecnología cada vez se requieren menos trabajadores en el campo y más en la ciudad.

Históricamente se ha tendido a rechazar el trabajo productivo, el mismo concepto de “trabajo” etimológicamente significa castigo y en la antigua Grecia los trabajos manuales los realizaban los esclavos, porque eran mal vistos. Esta idea se ha venido reproduciendo en el transcurso de la historia humana.

Sin embargo, el proletariado lejos de ser la peor de las clases, es el núcleo de la sociedad, ya que sin su trabajo el mundo se paralizaría. Sin la producción diaria de alimentos, vestido, transportes, edificaciones y todo cuanto requiera manipulación humana: el mundo se vendría abajo.

Paradójicamente, ser el núcleo de la sociedad no le trae beneficios, ya que es la clase con el peor ingreso y que recibe los mayores abusos. En particular sufre de tres injusticias: la explotación, la opresión y la represión.

La explotación radica en hacer trabajar al obrero más horas de las que necesita para ganar su salario, de modo que se genere un excedente que no se le retribuye, el cual es llamado plusvalía.

La opresión consiste en hacer trabajar al obrero con la mayor intensidad posible, a costa de sus energías o con la mayor extensión de la jornada laboral, a costa de su tiempo libre.

Y la represión consiste en combatir cualquier indicio de protesta o descontento, ya sea por la vía pacífica como en el desconocimiento de huelgas o por la vía violenta.

En pocas palabras, se somete al proletariado para poder extraerle la mayor plusvalía posible, incluyendo una ideología que los caracteriza como holgazanes, ineptos y violentos, para así justificar tal injusticia.

3. LUMPEMPROLETARIADO

El proletariado suele crecer más rápidamente que la fuente de empleos que se van generando. Esto no es culpa de los obreros como pensaba Malthus, quien deseaba poner un freno a la reproducción de los trabajadores. Ya que en el mundo hay suficientes recursos para brindar servicios básicos a toda la población, pero los dueños de los medios de producción necesitan contratar al menor número posible de trabajadores para así obtener las mayores ganancias al menor costo.

Al no haber suficiente fuente de trabajo para todos los desposeídos, se genera un ejército de reserva, es decir, un conjunto de desempleados que no son necesitados en el mercado laboral, por lo que se ven obligados a practicar actividades marginales: delincuencia, sexoservicio y vagabundaje, entre otros.

Para caracterizar a este sector, subclase o desclasamiento, hay que señalar que nadie opta por estas actividades voluntariamente, sino que se ven obligados por una sociedad que les niega el derecho al trabajo y a los servicios básicos. Es decir, todo aquél que esté despojado de medios de producción y de trabajo, que tenga que vender su cuerpo, robar o pedir dinero a los demás: conforma el lumpemproletariado.

Cabe mencionar que el sexoservicio no es un trabajo, en la medida en que no se utiliza al cuerpo para generar mercancías, sino que es el mismo cuerpo el que se utiliza como mercancía, por esa razón es que el sexoservicio forma parte de este desclasamiento.

El lumpemproletariado no puede ser explotado, debido a que no genera producción material, pero sí puede ser oprimido y reprimido. En particular, pese a que se hable de explotación sexual el término no es adecuado, ya que la prostitución no genera plusvalor al no generar nuevas mercancías, sino sólo ganancia por el hecho de que los proxenetas se enriquezcan a costa de las y los sexoservidores. Del mismo modo, existe una opresión hacia los limosneros cuando se les obliga a pedir dinero para luego quitarles la mayor parte, pero no hay explotación porque no están generando producción material. Finalmente, la delincuencia organizada que se dedica al robo, oprime a sus subordinados en la medida en que éstos no disfrutan de todo lo que roban, pero no los explota porque no producen mercancías, sólo las hurtan.

La sociedad suele evadir la responsabilidad que posee sobre el surgimiento del lumpemproletariado, acusando a las y los sexoservidores de ser responsables del daño moral, a los vagabundos de ser holgazanes y a los delincuentes de ser malas personas. Si bien cada individuo es responsable de sus actos, la sociedad también es responsable de orillar a un sector de la población a marginalizarse, por no garantizar empleos dignos y servicios básicos a toda la población.

4. BURGUESÍA

Dime, ¿De dónde te viene a ti ser rico?, ¿de quién recibiste la riqueza? Y ése ¿de quién la recibió? Del abuelo, dirás, del padre. ¿Y podrás, subiendo el árbol genealógico, demostrar la justicia de aquella posesión? Seguro que no podrás, sino que necesariamente su principio y su raíz han salido de la injusticia.
Primeros cristianos.

La burguesía se caracteriza por poseer medios de producción o capital y poner a su servicio al proletariado. En ese sentido, la (gran) burguesía no hace trabajo productivo, es decir, no ocupa sus manos en producir mercancías, sino que sólo realiza cierto trabajo que no está directamente involucrado en la transformación material. Este trabajo se denomina reproductivo y puede ser supervisión o dirección, ya que por muy apartado que se encuentre el capitalista de la producción, requiere estar al tanto del rendimiento de su empresa.

Para justificar su posición social, el burgués argumenta que él es quien pone la inversión y que él asumirá las consecuencias en caso de fracasar. Empero, por un lado él no será quien trabaje para recuperar esa inversión, sino los obreros que realizar la producción; por otro lado, la acumulación originaria de su capital tuvo que darse con el trabajo de otros obreros, con una herencia, con la lotería, con el aprovechamiento de un mercado poco explorado o con el descubrimiento de una mina, entre otros; pero de ningún modo puede surgir sólo como resultado del trabajo duro y constante, pues de ser así los obreros serían millonarios.

Existen tres tipos de burguesía, dependiendo del sector que ocupen en el proceso de reproducción del capital. La burguesía industrial, que se ocupa del proceso de producción material, la burguesía comercial, que se ocupa del proceso de circulación del capital y la burguesía financiera, que se ocupa de hacer los préstamos y las demás operaciones bancarias, por lo que vive de los intereses.

En sentido estricto sólo la burguesía industrial se sirve del proletariado, pues es el único que genera la producción material. La burguesía comercial y la financiera realizan trabajo reproductivo, ya que se encargan de garantizar la circulación y la inversión de dicha producción, pero no la crean, por lo que no ocupan proletarios.

En otras palabras, “La división del plusvalor que en primera instancia siempre tiene que encontrarse en manos del capitalista industrial en diversas categorías de las que aparecen como portadores, al lado del capitalista industrial, el terrateniente (para la renta de la tierra), el usurero (para el interés), etc., ditto [y otro tanto] el gobierno y sus funcionarios, rentistas, etc. Estos alegres compañeros aparecen, con respecto al capitalista industrial, como compradores y, en ese sentido, como convertidores de las mercancías de aquél en dinero; pro parte [a prorrata] también ellos vuelcan dinero en la circulación, y el capitalista lo recibe de ellos. Con lo cual siempre se olvida de qué fuente lo extrajeron en un principio, de qué fuente lo extraen siempre de nuevo” (Marx, 1980: Tomo II pág. 515).

Asimismo, los terratenientes (aquellos que son dueños de propiedades) pueden ser considerados como una clase aparte, en la medida en que pertenecieron al modo de producción anterior al capitalista, pero han sabido perdurar hasta la actualidad. Sin embargo, en la medida en que se han aliado a la burguesía y se han adaptado a las leyes del capital, podemos considerarlos como parte de la burguesía, pues viven de la renta de modo semejante a la burguesía financiera que vive de los intereses.

Cabe mencionar que si bien los delincuentes pertenecen al lumpemproletariado, no ocurre lo mismo con la delincuencia productiva. Es decir, existen empresas que se dedican a actividades ilegales como la producción de droga, que no por estar fuera de la ley dejan de ser producción material. En tal caso, los empresarios ilegales son burgueses industriales y sus trabajadores son proletarios, pues aun cuando estén en permanente conflicto con la ley: realizan una actividad que genera mercancías y plusvalía. En ese sentido, la lucha de los gobiernos contra el narcotráfico no es una lucha de la sociedad contra grupos desclasados, sino de la burguesía que está aliada al gobierno contra la burguesía que no lo está.

5. PEQUEÑA BURGUESÍA

Retomando que la burguesía es dueña de medios de producción y hace trabajo reproductivo, y el proletariado no posee medios de producción y hace trabajo productivo. La pequeña burguesía corresponde al sector intermedio que aun poseyendo medios de producción se oprime (tradicional) o careciendo de ellos hace trabajo reproductivo (nueva).

5.1 Pequeña burguesía tradicional. Se caracteriza por ser dueña de escasos medios de producción o de reproducción, tan escasos que se ve obligada a trabajar para subsistir. La clave para comprender a qué nos referimos está en la frase “soy mi propio jefe”. Pertenecen a esta clase los pequeños productores como los campesinos que trabajan en su propia tierra, los pequeños arrendatarios y los pequeños comerciantes.

Cabe mencionar que el pequeño burgués tradicional tiene que oprimirse a sí mismo para competir contra los grandes capitales, pues sólo así se acerca a una productividad competitiva. Por el contrario, no puede explotarse a sí mismo puesto que la ganancia le pertenece.

La pequeña burguesía tradicional está en vías de extinción, ya que difícilmente pueden competir con la gran industria y tienden a ser absorbidos como proletariado o como nueva pequeña burguesía.

5.2 Nueva pequeña burguesía. Se caracteriza por ocurrirle lo contrario a la pequeña burguesía tradicional, es decir, no es dueña de medios de producción, pero trabaja reproductivamente. Es en este sector donde se da la mayor diversificación social: directores, supervisores, empleados, profesores, administrativos, artistas, deportistas, burócratas, soldados, policías. Es decir, todo aquél que no posea medios de producción ni de reproducción y que tampoco sea obrero.

La razón por la que surgió la nueva pequeña burguesía radica en que la producción material crece cada vez más, en función de que la plusvalía tanto absoluta como relativa va en aumento. En otras palabras, gracias a que se ha mejorado la tecnología y se ha agrupado a un número cada vez mayor de obreros: la extracción de plusvalía es tal, que permite que un gran número de personas dejen de dedicarse a la producción material (vestido, alimento, maquinaria, edificios), para ocuparse en el trabajo reproductivo (aquél que no tiene la producción en sus manos, sino que vive de la producción de otros).

Es importante señalar la importancia del trabajo productivo (proletario) frente al trabajo reproductivo (burgués). Mientras que el trabajo productivo genera todos los bienes materiales que necesitamos, como alimento, casa y vestido; el trabajo reproductivo supervisa y dirige dicho trabajo, pero además genera los bienes culturales, como el arte, la educación, la cultura y el entretenimiento; también se encarga del mantenimiento, como los empleados de limpieza y los trabajadores de oficio; incluso se encarga del orden público, como los burócratas, abogados y policías.

A la nueva pequeña burguesía no se le puede explotar, puesto que al no ser productiva no genera plusvalía, pero sí se le puede oprimir, haciéndola trabajar extensa o intensamente, y también se le puede reprimir, impidiendo que forme sindicatos, entre otras cosas.

En pocas palabras, la nueva pequeña burguesía complementa al proletariado en el desarrollo de la sociedad, pues no es estrictamente productiva, pero aprovecha tal producción para procurar bienes reproductivos.

CONCLUSIONES

Hemos visto que una óptima caracterización de las clases sociales requiere analizar la praxis de cada sector, así como hacer la distinción entre trabajo productivo y trabajo reproductivo.

Además, una óptima caracterización requiere comprender la dinámica de la lucha de clases, donde la gran burguesía, la pequeña burguesía tradicional, la nueva pequeña burguesía e incluso el lumpemproletariado: dependen de la producción material y del plusvalor que genera el proletariado. En ese sentido, las demás clases no hacen más que reproducir el valor generado por los obreros.

Marx consideró que el proletariado es la clase históricamente determinada a adquirir conciencia de clase y suprimir las clases sociales. Esto no es gratuito ni mucho menos profético, sino que se remite a que el proletariado es la única clase productiva, es decir, es la clase que suministra todos los productos materiales a las demás clases, de modo que tiene en sus manos el funcionamiento de la sociedad.

Dios no creó el mundo, fueron los obreros. Todo lo que nos rodea materialmente, ha sido producido por las manos de algún proletario, sólo tienen que tomar conciencia de que son el sector más importante de la población, que si se organizan pueden tomar el poder y expropiar lo que les pertenece, para repartirlo justamente.

BIBLIOGRAFÍA
Poulantzas, Nicos. 1983. Las clases sociales en el capitalismo actual. México DF, Siglo XXI.
Marx, Karl. 1980 El Capital. Crítica de la Economía Política. Madrid, Siglo XXI
Marx, Karl. 1976 Trabajo productivo y trabajo improductivo. México. Ediciones Roca.

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LA DIGNIDAD HUMANA

LA FILOSOFÍA FUERA DE LA ACADEMIA.

CAPÍTULO 4: LA DIGNIDAD HUMANA

MAURICIO DIMEO

INTRODUCCIÓN

En el presente escrito se analizará la idea de ser humano en función de su dignidad, es decir, del valor que se le otorga, analizando qué podemos concebir como moral y como inmoral.

1. LOS VALORES Y EL SER HUMANO

El concepto de valor surge en la economía y ha sido acogido por la filosofía, particularmente por la axiología o teoría del valor. Todo valor requiere de un patrón de referencia para no caer en el relativismo, en el caso de la economía el valor de un bien o servicio radica en la cantidad de trabajo que lleva incorporado, pero en la moral esto es distinto.

Si hablamos de valores absolutos, pareciera ser que nos referimos a los valores religiosos o dogmáticos, a lo sagrado, pues históricamente estos valores han sido los más comunes para trazar una moral. Pero cada religión posee sus propios valores basados en la fe, por lo que difícilmente podremos obtener un parámetro objetivo y racional mediante ellas.

Más sencillamente, partamos de lo más valioso que tenemos, es decir, nosotros mismos. No hay nada más valioso para el ser humano que su propia existencia, por lo que habremos de darle el valor absoluto al ser humano. No porque el humano sea un ser inmutable, sino porque no podemos darle valores relativos, es decir, no podemos infravalorarlo o sobrevalorarlo sin caer en algún tipo de discriminación. El ser humano posee valor absoluto porque ninguna persona o personas pueden estar por encima de otro y porque ninguna otra cosa puede pasar por encima de la humanidad.

Este valor absoluto que atribuimos al ser humano no es arbitrario, ya que no es un valor que exista independientemente de nosotros (que es la postura objetivista) ni tampoco es un valor que dependa totalmente de nuestro juicio (que es la postura subjetivista), sino que, partiendo de las condiciones objetivas (existe el ser humano) y de las condiciones subjetivas (somos capaces de asignar valores), es como tenemos la posibilidad de darle el mayor valor a nuestra propia humanidad, veamos las consecuencias de esta apuesta.

2. LOS PILARES DE LA DIGNIDAD HUMANA.

Para darle valor absoluto al ser humano, es preciso conocer qué fue lo que lo separó de los animales, lo que lo haya separado de ellos tendrá sumo valor, al ser causa de nuestro surgimiento.

2.1 El trabajo. Engels sostiene que “el trabajo es la primera condición fundamental de toda la vida humana, hasta tal punto que, en cierto sentido, deberíamos afirmar que el hombre mismo ha sido creado por obra del trabajo” (1931:142). Es decir, no nos separamos de los animales por razonar o por los sentimientos o por la fe o por el lenguaje, sino que todos estos factores surgieron a partir de la actividad productiva. En otras palabras, sólo mediante la transformación del medio y por la interacción que esto conllevó, emergieron el pensamiento, el sentimiento, la fe, el lenguaje y la cultura, entre otros.

En ese sentido, el trabajo no es un castigo como su etimología lo dispone, sino la actividad que nos brinda la mayor dignidad, ya que es lo que nos constituye como seres humanos. Inclusive, el derecho al trabajo requiere ser un derecho inalienable, en la medida en que negar el trabajo a alguien implica negarle el derecho a ser partícipe del desarrollo de la sociedad.

2.2 Intereses universalizables. La humanidad surgió mediante el trabajo, pero su dignidad no reside sólo en el trabajo, sino en ciertas condiciones mínimas para su subsistencia, pero no una subsistencia meramente fisiológica, como en los animales, sino en requerimientos mínimos para poseer una vida socialmente digna.

Una vida socialmente digna significa que no sólo requerimos satisfacer nuestras necesidades biológicas como el alimento o el abrigo, sino todo aquello que requiramos para vivir dignamente dentro de la época y lugar que históricamente nos corresponda.

En ese sentido, los seres humanos otorgan valores a sus propios intereses, los cuales, al ser individuales están en permanente conflicto. Para que los intereses puedan llegar a la universalidad, requieren coincidir con las necesidades reales y evitar las falsas necesidades (aquellas que tienden al lujo y no al desarrollo humano). Consecuentemente, los trabajadores, en la medida en que no requieren ejercer la explotación y dominación de ninguna otra clase, son los que puede universalizar sus intereses, tales como la democracia, la justicia, la educación, la alimentación, la salud y la vivienda para todos, entre otras (Sánchez Vázquez, 2003).

En otras palabras, tenemos que garantizar estos intereses universalizables para toda la población, sólo así todos tendrán una vida digna. Como sucede al contrario, como existe una gran cantidad de personas que no poseen una vida socialmente digna, estamos viviendo en la inmoralidad, pues existen los recursos suficientes para que todos disfrutemos de tales elementos.

El hecho de que la sociedad no se organice de tal modo que otorgue valor absoluto a todos, brindándoles tales servicios, puede catalogarse como inmoral, pues se valoriza más a unos individuos (los que sí tienen acceso a estos servicios) que a otros (los desposeídos).

3. ATENTADOS CONTRA LA DIGNIDAD HUMANA.

Además de los servicios básicos existe una infinidad de fenómenos inmorales, en el sentido que estamos defendiendo de atentar contra la dignidad humana, desvalorizando a sectores de la población.

3.1 Objetos y animales. Los ejemplos más evidentes consisten en valorizar más a los objetos o a los animales que a las personas. El hecho de que se inviertan recursos en artículos de lujo es en sí mismo un acto inmoral, pues existe mucha gente sin recursos que está siendo infravalorada en razón de objetos de consumo.

En el caso de los animales la situación es más compleja, ya que como seres vivos es importante que defendamos sus derechos y que también les otorguemos una vida digna, a su respectiva medida.

En tal sentido, toda muerte animal sin sufrimiento que esté enfocada en nuestra alimentación está justificada, pues el ser humano vale más que los animales y requiere consumir otros seres vivos para una vida digna. Pero eso no justifica que la mayor parte de los animales que se utilizan para el consumo sean maltratados o incluso desperdiciados, eso sí que resulta inmoral, pues pese a que el animal vale menos que el ser humano, tiene cierto valor como ser vivo, el cual se está menospreciando.

Por otro lado, la lucha por los derechos de los animales no puede sobrepasar la lucha por los derechos humanos. Es decir, quien invierta más esfuerzo en luchar por los derechos de los animales que en los derechos humanos está cayendo en un acto inmoral, no sólo porque está sobrevalorando al animal por encima del hombre, sino porque no comprende que la lucha por los animales no puede solucionarse de fondo si no combatimos primero las desigualdades sociales.

3.2 Capacidades diferentes. Existe una fuerte discriminación hacia personas con capacidades diferentes y esto se debe a que se les considera de menor valor que al resto de los humanos, no por nada se les solía denominar como minusválidos o discapacitados. Si bien es cierto que carecen de ciertas habilidades, también es cierto que debido a su condición desarrollan otras habilidades o al menos tienen la posibilidad de desarrollarlas.

En tal sentido, brindarles servicios básicos y otorgarles derecho al trabajo es fundamental para no infravalorarlos y por ende caer en la inmoralidad.

3.3 Racismo. Aun cuando el racismo parece cada vez más erradicado sigue siendo un problema mundial. Antes que nada, la visión de que los humanos nos dividimos en razas como los animales es errónea, pues no existe suficiente diferencia genética para hacer dicha distinción, es decir, la diferente pigmentación en la piel y los distintos rasgos fenotípicos en los grupos humanos no son suficientes para marcar una distinción de raza. Por lo que el racismo es injustificado, además de ser inmoral por infravalorar a un grupo humano frente a otro.

Un caso similar ocurre en el fenómeno de la migración, ninguna persona puede ser infravalorada por el hecho de cruzar una frontera con la intención de buscar un mejoramiento de la calidad de vida, incluso porque gran parte de la desigualdad mundial es provocada por la globalización excluyente, impulsada por las grandes potencias económicas.

3.4 Sexismo. La única ventaja del hombre sobre la mujer es la fuerza física, fuera de esto tenemos las mismas capacidades, como la fuerza física no es algo distintivo del ser humano con respecto a los animales, no existe razón suficiente para infravalorar a la mujer frente al hombre.

Además, en el caso del aborto, tampoco existe razón para infravalorar a la mujer frente a un producto potencialmente humano. Ya que el producto no posee ningún rasgo plenamente humano como pensamientos o conciencia, ya que éstos requieren un desarrollo complejo del cerebro que no se alcanza hasta mucho después de nacido.

En otras palabras, estar en contra del aborto es inmoral en tanto se otorga mayor valor a un producto potencialmente humano que a un humano en sentido pleno como es la mujer. Es inmoral porque se considera a la mujer como un mero objeto de deseo o de reproducción y no se le reconoce su derecho a decidir una vida digna para sí misma o para el producto.

3.5 Eutanasia. El derecho a una vida digna implica el derecho a decidir su interrupción, no por capricho o arbitrariedad, lo que sería inmoral por infravalorar nuestra propia vida; sino por el hecho de que una enfermedad terminal o una fuerte discapacidad: impiden llevar una vida digna, por lo que los seres humanos tenemos el derecho de interrumpir la vida cuando no es posible disfrutarla dignamente, en razón de que es inmoral sobrevalorar la vida por encima de la libertad y la dignidad. Como se dice en la película Mar Adentro (2004): “vida sin libertad, no es vida”.

En el caso de la muerte cerebral, el individuo no es ya un ser humano, pues pierde todas las cualidades que nos distinguen de los animales e incluso de las plantas, por lo que la extensión artificial de la vida vegetativa en los humanos es inmoral, pues se está sobrevalorando la vida meramente fisiológica a la dignidad de la persona que había en ese cuerpo.

3.6 Pena de muerte. Quitarle la vida a una persona como castigo por sus actos es totalmente inmoral por varias razones. Primeramente porque toda persona posee un valor absoluto que no puede anularse por su conducta, bajo ninguna circunstancia. Además, los individuos no actúan por intereses meramente individuales, sino que son producto de la sociedad, de modo que la sociedad comparte la responsabilidad de generar delincuentes y tiene que asumir las consecuencias.

En otras palabras, la delincuencia no se genera porque exista gente malvada, sino porque no existen los mecanismos para brindar servicios básicos a toda la población, incluyendo el derecho a un trabajo digno, de modo que la sociedad orilla a los marginados a optar por la delincuencia.

En ese sentido, los delincuentes tienen que ser tratados con dignidad, anulando la pena de muerte y brindándoles todos los servicios básicos en la cárcel, incluyendo el derecho al trabajo. De modo que hasta el peor de los asesinos tenga la posibilidad de contribuir al desarrollo de la sociedad y de recibir una educación que lo reforme, lo cual es responsabilidad de todos.

Por lo tanto, es inmoral matar o aislar irracionalmente a los delincuentes, pues se está infravalorando su persona y su capacidad productiva.

3.7. Sexualidad. La dignidad humana también implica el derecho a ejercer libremente nuestra sexualidad. Con ello viene implicada la diversidad sexual, ya que la homofobia supone que los no-heterosexuales poseen un menor valor que los heterosexuales, lo cual es inmoral en la medida en que la preferencia e identidad sexual no influyen sobre el valor absoluto de las personas.

Asimismo, el sexoservicio es inmoral en la medida en que la persona utiliza su cuerpo para el comercio y por ello no se dan a sí mismos el valor absoluto que merecen, sino un valor económico. Esto incluye a todo aquél que utilice su físico para obtener un puesto de trabajo o algún beneficio.

Sin embargo, la falta de oportunidades de empleo orilla a las personas a venderse, por lo que es más inmoral la sociedad por generar el sexoservicio que las personas que se ven obligadas a practicarlo. En ese sentido, quien practica dicha actividad merece todos los servicios y derechos que todos los demás, por el simple hecho de ser personas, por lo que es inmoral que la sociedad, además de orillarlas a practicarlo, no provea de derechos básicos a tales individuos.

En tal sentido, marginar a las y los sexoservidores es más inmoral que el servicio que realizan, porque se les está tomando como objetos y no como personas. Sobre todo porque su servicio existe gracias a la complicidad de la sociedad, tanto de quienes los apadrinan como de quienes los contratan.

4. DOBLE MORAL.

No es casualidad que quienes promueven una moral conservadora, en la que incluyen algo o todo de lo que hasta ahora hemos criticado: rechazo al aborto, rechazo a la eutanasia, homofobia, marginación a las y los sexoservidores, sexismo y racismo, entre otros: son las mismas personas que practican la doble moral.

En otras palabras, quienes promueven el conservadurismo moral, practican lo contrario clandestinamente y esto ocurre porque el conservadurismo es imposible de ejercer debido a que va en contra de la dignidad y la libertad, como hemos visto.

La causa del conservadurismo viene de los grupos de poder, que requieren mantener a la población sometida y así poder oprimirla y enriquecerse a costa de todos. No es casualidad que el Vaticano sea uno de los países más ricos del mundo y que las organizaciones no-gubernamentales ultraconservadoras tengan una gran solvencia económica.

En toda la historia de la humanidad, los grupos que han defendido e inventado actitudes conservadoras, son los que están en el poder y someten a la población con valores supuestamente morales que hemos visto que en realidad son sumamente inmorales, pues atentan contra la dignidad humana.

5. CONCLUSIONES

Buscar la moral en la sociedad, luchar contra la inmoralidad, sólo es posible si se parte del valor absoluto de las personas, de la dignidad humana y esto sólo es efectivo si se empieza por defender el derecho al trabajo y a servicios básicos para todos, es decir, si buscamos los valores universalizables. Ésta es mi apuesta, si es que se busca la auténtica moralización de la sociedad.

BIBLIOGRAFÍA

Amenábar, Alejandro. 2004. Mar Adentro (Película de cine).
Engels, Friedrich. 1961. Dialéctica de la naturaleza, México, Grijalbo.
Frondizi, Risieri. 1992 Introducción a los problemas fundamentales del hombre. México, FCE.
Sánchez Vázquez, Adolfo 2003 Filosofía de la Praxis. México, Siglo XXI.

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JUGAR FUTBOL, SU FILOSOFÍA

LA FILOSOFÍA FUERA DE LA ACADEMIA.

CAPÍTULO 2: JUGAR FUTBOL, SU FILOSOFÍA

Mauricio Dimeo

INTRODUCCIÓN

En el presente escrito se analizará la idea de jugar en relación al desarrollo humano, se proseguirá con una reflexión sobre el futbol desde una perspectiva filosófica y se concluirá relacionando al futbol con la opresión y su posible emancipación.

1. JUGAR

Definir el juego es una tarea compleja. Dentro de un contexto de actividad productiva jugar significa no seguir las reglas, pero desde la perspectiva de una actividad lúdica jugar significa seguir las reglas del juego. Es decir, jugar oscila entre cierta libertad sin reglas y cierto sometimiento a éstas. Cierta disciplina y cierta arbitrariedad.

Schiller (1990) sostenía que el juego es una relación incondicionada, estructuralmente libre, entre imaginación y entendimiento. Decía que el juego es una puesta en práctica de la libertad, que el hombre sólo ve cumplida su humanidad en el juego. Veía al juego como un impulso o tendencia que nos permite asimilar la realidad, dominar nuestras emociones y nuestra razón.

Hablando un poco de historia, el juego ha formado parte de todas las culturas, e incluso se presenta en los animales, principalmente en los cachorros de depredadores que “juegan” entre ellos para entrenarse para la caza. Toda actividad que sea un fin en sí misma, puede considerarse un juego, el arte es un juego en la medida en que su realización oscila entre cierta libertad sin reglas (la creatividad) y cierto sometimiento a éstas (la técnica) no por nada interpretar y jugar poseen la misma palabra en inglés (play).

El juego y el arte guardan una relación estrecha, disfrutar de una obra de arte se asemeja a disfrutar de un juego, ya sea apreciando o practicando, el arte y el juego ponen en funcionamiento nuestras emociones, nuestro pensar y nuestra voluntad sin otro fin que la realización de la actividad misma. El juego conforma nuestra constitución humana, a tal grado que quien no disfrute de jugar sufre de cierta enajenación, ya que no pone “en juego” sus habilidades y capacidades por el simple hecho de hacerlo, sino sólo para un fin, es decir, no es dueño de sí mismo, sino que se somete a fines ajenos (enajenados).

Consecuentemente, los juegos de azar no son propiamente juegos, si bien el azar es parte fundamental del juego (salvo quizá, en el ajedrez), los juegos de azar tienen como fin algo ajeno al juego mismo: el dinero. El juego, tanto como el arte, pierden su valor intrínseco cuando son enfocados principalmente en el beneficio económico, del mismo modo que el ser humano se degrada cuando se le toma como objeto y no como un ser con valor intrínseco. El juego y el ser humano sufren de esclavitud cuando se les somete a fines ajenos a sí mismos.

2. FUTBOL

Existe una infinidad de juegos, para todos los gustos, lugares y tiempos, pero el futbol es el más universal de todos. Dicho juego ha sido practicado más universalmente que cualquier otro, encontramos formas de futbol en los chinos de la dinastía Ming, en Teotihuacán, en el Medioevo europeo, en el antiguo Egipto, en el antiguo Japón, en la antigua Roma, o el Calcio italiano que ya lo jugaba Leonardo Da Vinci al igual que Maquiavelo (Galeano, 2010). Todos estos son datos duros, históricos, que reflejan cómo el futbol es el juego humano por excelencia.

En la actualidad el futbol también se impone. No hay un juego más jugado sobre la faz de la tierra, ni tampoco un juego más visto: los mundiales de futbol disfrutan de más televidentes que las olimpiadas y en las olimpiadas no pueden jugar todas las estrellas del futbol porque opacarían el resto del torneo, juegan máximo tres estrellas futbolísticas por equipo.

Lo importante aquí es explicar por qué el futbol ha sido y es el juego más practicado por el ser humano. Empecemos por la accesibilidad. El futbol en su mínima expresión sólo requiere de un objeto pateable y dos palos u elementos que funjan como postes, nótese que el objeto no requiere ser necesariamente esférico (un envase de refresco relleno de papel a menudo es el balón en el recreo, cuando menos en México).

Además, el futbol es en cierto modo un juego anormal, ya que los pies sirven para caminar y las manos para manipular, usar los pies para maniobrar resulta todo un reto y esto es lo que le brinda tanta espectacularidad, pues propicia las acrobacias como las chilenas, las tijeras, las dominadas, las cabecitas, las palomitas, las bicicletas, los taquitos, los sombreritos, los túneles, las cuauhtemiñas, los alacranes, el chanfle, la vuelta al mundo, y una infinidad de maniobras (o mejor dicho cuerpobras, la mano se queda corta en este caso), que hacen del circo un mero juego de niños.

El factor principal por el cual el futbol es el juego más universal radica en su carácter anticlasista, es decir, es el juego más popular entre todas las clases sociales. Esto se debe a que puede jugarse en cualquier lado y casi con cualquier cosa. No requiere más herramienta que los pies ni más presupuesto que lo que cueste comprar o hacer un balón.

Dicha universalidad es lo que permite al futbol ser un tema filosófico, ya que la filosofía sólo se ocupa de problemas universales, que el futbol sea un juego universal tanto en tiempo como en espacio, exige que sea analizado filosóficamente, es decir, que exploremos la relevancia que tiene el futbol para la humanidad.

El primer filósofo en hablar sobre futbol fue Nicolás de Cusa, escribió un tratado llamado El juego de la pelota, donde decía que el balón esférico era el símbolo de la divinidad, de la perfección matemática. Para Heidegger el futbol es una obra de arte total, en la medida en que el juego y el arte guardan similitudes como la creatividad, la libertad y la autenticidad. Y Sartre mencionaba que el futbol es una metáfora de la vida, lo cual es una definición muy cercana al concepto de arte. Incluso Gramsci afirmaba que el futbol es un reino de la libertad humana ejercido al aire libre.

3. PASIÓN

Según señala Aristóteles en sus categorías, acción es aquello que se hace y pasión aquello que se padece. En el futbol tales conceptos aplican perfectamente, podemos practicar futbol o solamente “padecerlo” como espectadores. Quien solamente lo padezca sufre de cierta enajenación, en la medida en que no pone en juego todo su ser para disfrutar de dicha actividad, sino sólo una parte de él, y deposita sus emociones y esperanzas en otro, no en sí mismo.

Saber apreciar un partido de futbol es similar a saber apreciar una obra de arte, no se trata de saber teóricamente de la A a la Z lo que constituye el juego o el arte, sino de saber en carne propia cómo se realiza, es decir, no se puede apreciar plenamente el futbol o una obra de arte sin haberlos experimentado alguna vez. Saber ver el futbol y el arte implica una praxis, una correlación entre teoría y práctica, sólo así se desenajena la pasión lúdica o artística.

Por otra parte, las religiones oficiales se han alejado tanto del pueblo que han dejado un hueco existencial, el cual ha sido llenado por el futbol. Es decir, la identidad, la pasión y la fe que en otros momentos históricos brindaban las religiones, ahora son satisfechas por el futbol. Los fanáticos del futbol han sustituido sus fetiches religiosos por fetiches futbolísticos, ya no van a la iglesia cada domingo, sino al estadio, ya no defienden a toda cosa su fe en Dios, sino su fe en el club local.

Es cierto que la religión no ha sido erradicada ni mucho menos, pero el fanatismo futbolístico ha tomado protagonismo y en el peor de los casos ha sustituido a la religión en su papel de opio de los pueblos. Opio no en el sentido de droga como muchas veces se ha malentendido la frase de Marx, sino en el sentido correcto de escape ante una realidad hostil, opresiva e injusta, pero esto ya es tema del siguiente apartado.

4. OPRESIÓN

La sociedad capitalista funciona gracias a dos fenómenos, la opresión y la explotación. La opresión consiste en forzar al trabajador al máximo de su resistencia física, con extensas o con intensas jornadas laborales. La explotación consiste en sacar el mayor provecho económico del trabajador, retribuyéndole menos de lo que genera su fuerza de trabajo.

El negocio del futbol obedece a esta lógica, el futbolista es un trabajador asalariado, pese a que posee una vida cómoda es oprimido, las lesiones por cansancio son un reflejo de que se le hace entrenar y jugar más de lo que su cuerpo aguanta.

Al igual que el trabajador, el futbolista es tratado como objeto. El Draft o compra-venta de jugadores es llamado coloquialmente “mercado de piernas”, donde los dueños del futbol se encargan de vender y comprar personas como en los antiguos mercados de esclavos. El “préstamo” de jugadores que ocurre entre clubes no es otra cosa que una “renta” que efectúa el equipo “dueño” de un jugador hacia otro equipo.

El daño que le hace el capitalismo al futbol es considerable, en sentido estricto le quita su carácter de juego y lo vuelve un trabajo, no porque el trabajo sea algo negativo, sino porque provoca que el juego del futbol se enajene y pierda su libertad, se esclavice a las leyes del mercado. La alegría del jugar se remplaza por el compromiso de ganar a toda costa, sin importar que sea con juego sucio. Se aplaude la trampa, si sale bien y no se repudia por ser deshonesta, sino por salir mal.

Los futbolistas no son más que esclavos de lujo, vendidos como mera mercancía, oprimidos como ganado y sometidos a una excesiva especialización, como obreros de maquila. Las agrupaciones de jugadores son severamente reprimidas o minimizadas, la FIFA no negocia con jugadores, sino con sus dueños, los clubes. Los jugadores no pueden expresarse en la cancha, si quieren ser levantarse la playera para enseñar alguna consigna son amonestados, el patrocinador manda.

5. EMANCIPACIÓN

Jugar futbol no puede realizarse plenamente en la sociedad capitalista, por lo que requiere de una emancipación, donde se logre jugar por el jugar mismo, es decir, donde el juego vuelva a tener un valor intrínseco y el jugador vuelva a humanizarse y deje de ser un esclavo del club.

La emancipación del futbol, del jugar en general e incluso del arte: implica la emancipación humana, la superación del capitalismo y la construcción de una sociedad justa, donde se supere la enajenación y el fanatismo.

Sólo cuando los trabajadores dejen de buscar en el futbol un escape a la opresión que viven, cuando los futbolistas sean tratados como personas y el futbol deje de ser sólo un negocio: el futbol profesional será un juego auténtico, digno del ser humano.

Mientras tanto el verdadero juego del futbol lo encontraremos en el patio de la escuela, en la parte trasera de la fábrica, en el llano, en el parque; donde se conserva el valor intrínseco del juego, donde el jugador no es un esclavo, al menos mientras juega.

BIBLIOGRAFÍA

Galeano, Eduardo. 2010. El fútbol a sol y sombra. México, Siglo XXI

Gonzalez Varela, Nicolás. Ensayos sobre futbol y filosofía. http://www.scribd.com/doc/20878278/Ensayos-sobre-Futbol-y-Filosofia-por-Nicolas-Gonzalez-Varela Consulta: 5 de Marzo de 2011.

Schiller, Friedrich. 1990. Kallias: Cartas sobre la educación estética del hombre. Barcelona, Anthropos.

Valdano, Jorge. 1997. Los cuadernos de Valdano. Buenos Aires, Aguilar.

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Dialéctica natural-artificial

LA FILOSOFÍA FUERA DE LA ACADEMIA

CAPÍTULO3: DIALÉCTICA NATURAL-ARTIFICIAL


MAURICIO DIMEO CORIA

INTRODUCCIÓN

Antiguamente se tenía clara la distinción entre lo natural y lo artificial, lo natural era el producto de la naturaleza y lo artificial lo producido por el humano. Pero esta diferencia nunca ha sido absoluta, ya que todo lo natural, para que sea cognoscible requiere ser manipulado y todo lo artificial posee una base natural, es decir, no surge de la nada, sino de la naturaleza.

En este ensayo se analizarán diversas concepciones de lo natural y de lo artificial, partiendo del pensamiento clásico de Aristóteles, prosiguiendo con el materialismo dialéctico de Engels, el materialismo emergentista de Bunge y finalizando con los argumentos de Broncano. De este modo trataremos de sintetizar y analizar algunas de las principales teorías en torno a la tecnología, para así clarificar la relación ontológica natural-artificial.

Por último, como resultado del análisis de los conceptos mencionados, se examinará la idea de humanidad, en función de los peligros y posibilidades ético-políticas, ya que nuestra concepción de lo artificial está estrechamente relacionada con la visión que tengamos de la humanidad futura y del genoma.

LO ARTIFICIAL EN ARISTÓTELES

El ser humano ha transformado la naturaleza desde siempre, esto es, desde que es humano, pero la teorización sobre este hecho vino después, en la época esclavista y particularmente con Aristóteles, el cual sostenía que

“una cama, una prenda de vestir o cualquier otra cosa de género semejante, en cuanto que las significamos en cada caso por su nombre y en tanto que son productos del arte, no tienen en sí mismas ninguna tendencia natural al cambio; pero en cuanto que, accidentalmente, están hechas de piedra o de tierra o de una mezcla de ellas, y sólo bajo este respecto, la tienen” (Aristóteles, 1995: 45).

Hay que considerar que para Aristóteles todo tiene una causa final, pero esto no significa que telos equivalga a finalidad, ya que “para Aristóteles telos significa que todo tiende hacia su perfección, ni objetivo ni finalidad reflejan el pleno sentido del término, pues el telos incluye también el proceso, por el cual algo alcanza su forma perfecta” (Düring, 2005:673).  Es decir, para Aristóteles la naturaleza no posee una finalidad, sino una tendencia hacia el cambio y aun cuando sean productos del arte mantienen su tendencia al cambio en tanto que, en cierta medida, siguen siendo naturales.

En otras palabras, para Aristóteles los objetos artificiales no dejan de ser naturales, en la medida en que están hechos de naturaleza, por otra parte, Aristóteles menciona que el arte (es decir, la técnica) imita a la naturaleza (1995:51), ya que si las cosas naturalmente cambian y el ser humano manipula su medio, no está haciendo otra cosa que imitar lo que la naturaleza hace. Dicho de otro modo, la naturaleza está en constante cambio, gracias a esos cambios emergió el ser humano, el cual no hace otra cosa que cambiar a la naturaleza, algo que ya venía haciendo ella misma, sólo que con el humano se efectúa de manera consciente.

Que el ser humano imite a la naturaleza no significa meramente que la cambia como se cambia ella misma, para Aristóteles la naturaleza se modifica equilibradamente, es decir, de modo que puede renovarse, y la técnica imita a la naturaleza en la medida en que transforma el mundo como si lo hiciera la naturaleza misma, es decir, facilitando la capacidad de renovación.

La técnica, en sus inicios, era completamente armónica con la naturaleza, ya que surgió con la caza, la ganadería y la agricultura, las cuales no obstruían la regulación ecológica natural. Actualmente, con el avance exponencial de la tecnología no podríamos usar la palabra técnica o arte en el sentido aristotélico, pues no fabricamos artefactos como la naturaleza habría podido producirlos, esto es, en armonía con el medio, sino que estamos destruyendo el medio.

Probablemente, si Aristóteles observara la tecnología actual, diría que es un producto de los bárbaros, ya que sólo una sociedad incivilizada puede destruir al medio indiscriminadamente. Pero no podemos reducir una discusión tan compleja y contemporánea a concepciones clásicas, excepto como herramienta auxiliar, de modo que procederemos a explicar esta problemática desde autores de nuestro tiempo.

LO ARTIFICIAL EN ENGELS

Existe una discusión en torno a la naturaleza humana, la cual trata de definir en qué medida el humano es natural, para Engels “el trabajo es la primera condición fundamental de toda la vida humana, hasta tal punto que, en cierto sentido, deberíamos afirmar que el hombre mismo ha sido creado por obra del trabajo” (1931:142). Es decir, el ser humano jamás ha sido un ente netamente natural, ya que su misma génesis implica cierta artificialidad, en la medida en que la transformación consciente de la naturaleza provocó la emergencia del humano.

Por la misma línea, el surgimiento del humano vino acompañado inextricablemente de la marcha erecta y de la conformación de las manos, esto no es gratuito, ya que la manipulación de la naturaleza implica necesariamente una posición erguida y un desarrollo de pulgares opuestos, de modo que sea posible sostenerse en dos pies y concentrar las extremidades superiores en la transformación del medio.

A primera vista parecería una obviedad que nuestras manos son las que transforman el medio, pero hay que considerar que artefactos colosales como los rascacielos, los cohetes espaciales o los transatlánticos han sido construidos, en última instancia, por nuestras manos, es decir, por herramientas fabricadas por otras herramientas y así sucesivamente hasta el momento en que se usó la mano desnuda.

Esto es de vital importancia, ya que comúnmente se considera que el ser humano es un animal racional (Platón y Aristóteles) o un homo sapiens sapiens (ciencia moderna), pero el factor determinante del humano no es la razón, aunque sea de los principales, sino la praxis, ya que la constante transformación del medio nos brindó raciocinio y no a la inversa. En otras palabras, “al repercutir sobre el trabajo y el lenguaje el desarrollo del cerebro y de los sentidos puestos a su servicio, la conciencia más y más esclarecida, la capacidad de abstracción y de deducción, sirven de nuevos y nuevos incentivos para que ambos sigan desarrollándose, en un proceso que no termina” (Engels, 1931:146).

Por la misma línea, fue la generación de artefactos la causa de que nuestro cuerpo y nuestra mente hayan evolucionado hasta la generación del homo sapiens sapiens (o mejor dicho del homo praxis), por lo que la artificialidad es inherente al ser humano, es decir, somos naturalmente artificiales, valga el oxímoron.

Ahora bien, el hecho de que tengamos la posibilidad de transformar la naturaleza  implica el peligro de destruirla y a medida que desarrollamos más la tecnología, aumenta la posibilidad de aniquilación. Por una parte, esto ocurre porque no estamos aplicando la técnica aristotélicamente, es decir, imitando la armonía de la naturaleza, sino con una voracidad que no permite la renovación de los recursos; y por otro lado, porque vivimos en el sistema capitalista, el cual busca maximizar la producción a costa de los trabajadores y del medio ambiente.

En tal sentido, tenemos que considerar algo de suma importancia:

“el hombre no domina, ni mucho menos, la naturaleza a la manera como un conquistador domina un pueblo extranjero, es decir, como alguien que es ajeno a la naturaleza, sino que formamos parte de ella con nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, que nos hallamos en medio de ella y que todo nuestro dominio sobre la naturaleza y la ventaja que en esto llevamos a las demás criaturas consiste en la posibilidad de llegar a conocer sus leyes y de saber aplicarlas acertadamente” (Engels, 1931:152).

En otras palabras, el problema de la destrucción de la naturaleza está relacionado con una enajenación del ser humano, ya que la sociedad no logra tomar consciencia de que somos parte de la naturaleza y que por ende no podemos utilizarla irracionalmente, en tanto que esto implica nuestra propia destrucción, es decir, existe una relación dialéctica entre lo natural y lo artificial, en la cual ambos se desarrollan mutuamente.

En ese sentido, si la naturaleza tiende al cambio, tal como propone Aristóteles y dentro de esos cambios emergió el ser humano, tenemos la posibilidad de continuar con dicha transformación imitando a la naturaleza, o en palabras de Engels, conociendo y aplicando sus leyes acertadamente, de modo que prosigamos con la transformación que la naturaleza ha iniciado y que en cierta medida el humano ha continuado, o en otras palabras, que la naturaleza continúe con su propia transformación mediante la humanidad, que es su producto. Esto quedará más claro con las tesis de Bunge, en el siguiente apartado.

LO ARTIFICIAL EN BUNGE

Para Mario Bunge la materia se divide al menos en cinco niveles de organización: físico, químico, biológico, social y técnico (Bunge, 1981:44); de tal manera que el desarrollo de la materia ha generado diversos niveles de complejidad. Esto está estrechamente vinculado con la dialéctica natural-artificial, ya que permite explicar la emergencia de lo artificial a partir de lo natural.

Bunge sostiene que la materia se desarrolla por niveles, donde cada nivel emerge del inmediato anterior adquiriendo nuevas propiedades, a nivel químico es fácil entenderlo, pues la sal es un compuesto de sodio y cloro, que posee propiedades radicalmente distintas al sodio y al cloro separadamente, es decir, propiedades químicas emergentes. La cuestión radica en explicar dónde están o cómo es que aparecen tales propiedades y la respuesta radica en la totalidad, es decir, el sodio y el cloro se combinan para formar una nueva unidad, la cual posee propiedades inherentes. En el siguiente nivel sucede algo similar, la vida es una propiedad emergente de cada organismo, que sus componentes no poseen aisladamente, del mismo modo que la sociedad posee propiedades como la cohesión política que no poseen sus individuos por separado.

Finalmente, Bunge propone que la tecnología es el último nivel de desarrollo de la materia, que emerge del nivel social, es decir, la producción tecnológica sólo es posible como resultado de la transformación de la naturaleza mediante la sociedad, entendida como un todo. Lo importante aquí radica en que es la misma naturaleza la que se va desarrollando hasta generar tecnología, mediante los seres humanos.

Esto no implica un reduccionismo naturalista, en el que la sociedad y la tecnología no sean más que un efecto de la naturaleza, sino que implica que la materia tiene el potencial de desarrollarse hasta generar tecnología, es decir, aun cuando la sociedad y la tecnología sean más que mera acumulación de materia, son el resultado una organización material altamente desarrollada y no existen si su materia correspondiente.

En pocas palabras, lo artificial es un producto del desarrollo de la materia, en ese sentido lo artificial es natural. Por otro lado, lo artificial es algo más que la suma de entidades naturales: es un elemento emergente del nivel social, por lo que no puede reducirse a lo natural. Por lo tanto, existe una relación dialéctica entre lo natural y lo artificial, donde lo natural se realiza en lo artificial y lo artificial es un producto de la sociedad y en última instancia, de la naturaleza misma. En el siguiente apartado veremos las implicaciones sociales de este desarrollo tecnológico y sus posibilidades en el futuro.

LO ARTIFICIAL EN BRONCANO

La técnica comenzó con herramientas rudimentarias, tales como piedras y huesos tallados, su desarrollo implicó el conocimiento de la estructura de la materia, tanto a nivel físico como a nivel biológico. Este proceso no tiene fin, al grado que en el futuro será posible manipular la genética a nuestro antojo. Los problemas éticos saltan a la vista. ¿Hasta qué grado será correcto transformar nuestro código genético? ¿Será éticamente correcto crear vida artificial? Estas preguntas poseen una base ontológica, pues la transformación de nuestro entorno y de nosotros mismos depende de la concepción que tengamos de la humanidad y de la naturaleza.

Si tenemos una concepción estática de la naturaleza humana, como la que se puede apreciar en Habermas (2002), difícilmente aceptaremos que se modifique el genoma humano, esta actitud no obedece a una objetividad científica, sino a una nostalgia subjetivista, donde se considera al ser humano como una entidad inmutable o ideal. Sin embargo, la humanidad y la misma naturaleza se caracterizan por estar en constante cambio, ya que si bien algunos cambios tardan millones de años, esto no significa que la naturaleza se detenga, sino que cada ser vivo sigue su propio proceso evolutivo o histórico, según el caso.

Esta nostalgia subjetivista obedece a una idealización de la humanidad como un ente acabado e inmutable, pero esa idea es imposible de alcanzar porque estamos en permanente transformación, surgimos con la técnica y somos una mezcla de naturaleza y técnica: somos ciborgs, pues como afirma Broncano, “El ciborg nunca vuelve de su exilio: las posibilidades ganadas le han transformado hasta un punto que el mundo se ha convertido en otro mundo” (2009:24).

La naturaleza está en constante transformación y en constante desarrollo, por lo que la humanidad, que conformó el nivel social con su praxis, tiene la posibilidad de continuar este desarrollo hacia la maximización del nivel tecnológico. No hay una naturaleza inmutable, sino un permanente conflicto de los seres vivos con su entorno. Dicho de otro modo, “para el fundamentalismo, la existencia de un orden natural es la garantía de su puesto imperecedero en la historia (…) quizá las categorías ciborg, las categorías híbridas, sean por el contrario el resultado de una historia de heterodoxias y resistencias, de malestares y rebeldías” (Broncano, 2009: 29).

En pocas palabras, la naturaleza y la sociedad están en permanente conflicto, esta es la base ontológica de la existencia humana, por lo que la contraposición entre nuestro genoma y la posibilidad de modificarlo: forma parte del mismo desarrollo que inició en lo natural y prosiguió en lo artificial, hasta conformar al ser humano como un ciborg, con posibilidades infinitas de transformación.

CONCLUSIONES

Hemos visto que la naturaleza humana consiste en una dialéctica que oscila entre lo natural y lo artificial, donde lo artificial, en última instancia forma parte del desarrollo de la naturaleza. En ese sentido, la posibilidad de mejorar nuestro genoma humano e incluso crear vida: no son necesariamente reprobables éticamente hablando, lo que requerimos es una democracia plena, en la que la totalidad de los seres humanos decidamos qué hacer con nuestro genoma y con la vida terrestre en general, de modo que elijamos racionalmente el rumbo que queremos darle a la historia natural y social, pues no haremos otra cosa que continuar con el desarrollo de la existencia, que inicia en la naturaleza y se hace extensiva al ser humano, pero de manera consciente.

El problema ético actual reside en que la posibilidad de modificar el genoma humano la tienen las empresas trasnacionales, las cuales sólo buscan el enriquecimiento y no el bien de la humanidad. Es por esta causa que la cuestión no es meramente ética sino política, es decir, mientras no haya una democracia plena, en la que todos los seres humanos podamos decidir nuestro futuro genómico: no tiene sentido hablar en términos éticos, ya que el asunto se circunscribe a quién tiene el poder de decidir.

En primera instancia los seres humanos debemos forjar una sociedad en la cual la ciencia y la tecnología sean patrimonio de todos y no propiedad privada, entonces podremos debatir sobre dilemas éticos en torno a la biotecnología, mientras tanto la lucha tiene que ser por socializar los medios de producción, que son los que generan la tecnología. En pocas palabras, tenemos que forjar una sociedad socialista, donde la transformación del genoma sea efectuada por decisión y en beneficio de todos.

BIBLIOGRAFÍA

Aristóteles. 1995. Física, traducción y notas: Guillermo R. de Echandía, Edición electrónica, Planeta de Agostini, Editorial Gredos, s.a.

Broncano, Fernando. 2009. La Melancolía del ciborg, Barcelona, Herder,

Bunge, Mario. 1981. Materialismo y Ciencia. Barcelona, Ariel.

Düring, Ingemar. 2005. Aristóteles. México, UNAM.

Engels, Friedrich. 1961. Dialéctica de la naturaleza, México, Grijalbo.

Habermas, Jürgen. 2002. El futuro de la naturaleza humana: ¿Hacia una eugenesia liberal? México, Paidós.

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LA SUPERACIÓN DE LA RELIGIÓN

LA FILOSOFÍA FUERA DE LA ACADEMIA:
CAPÍTULO 2, LA SUPERACIÓN DE LA RELIGIÓN

MAURICIO DIMEO

INTRODUCCIÓN

 

La religión es sin duda uno de los más grandes fenómenos de la humanidad, por ello conocer al ser humano implica conocer las religiones y viceversa.

 

En este escrito se busca explicar el núcleo de las religiones y así clarificar cómo es posible superarlas, ya que actualmente funcionan como un engaño masivo y un instrumento de opresión, en su mayoría.

 

1. RELIGIÓN PRIMITIVA

 

En sus inicios la religión era radicalmente distinta a como es en la actualidad, una de las principales diferencias es que las primeras religiones eran naturalistas, es decir, la religión primitiva “se dirige a las cosas de la naturaleza (…) a objetos de todo tipo que pueblan la superficie de la tierra, plantas, animales, rocas, etc.” (Durkheim, 2007:53).

 

En un principio la religión no era una explicación sobrenatural del mundo natural, sino algo totalmente natural, la naturaleza misma estaba encantada, las cosas, las plantas, los animales y todo cuanto nos rodea se concebía como un todo en un solo plano natural, el cual era explicado por la religión naturalista. No podía haber choque entre religión y ciencia porque la única explicación existente era la religiosa, pero estas religiones estaban totalmente compenetradas con la experiencia cotidiana, eran religiones empíricas, por lo que sus concepciones partían de la experiencia racional y no del dogma.

 

Se cree comúnmente que el origen de la religión es al mismo tiempo el origen de los dioses, pero no es verdad, ya que la religión no surgió por una idolatría o por una mistificación o fetichización de la realidad, sino como un principio de identidad. Ya que lo primero que necesitaron los seres humanos, cuando desarrollaron el uso de la razón, fue un sentido de pertenencia, el cual identificaron con algún objeto, planta o animal que fuera común en su localidad. Es así como surgieron los tótems que simbolizaban la identidad de un grupo determinado.

 

Otro de los mitos en torno a la religión consiste en creer que ésta surgió del temor a lo desconocido. Sin embargo, en sus inicios “la potencia a la que se dirige el culto, no se la representa volando por encima de él y aplastándolo con su superioridad: está, al contrario, cerca suyo (…) ya que está presente en las cosas que pueblan su medio inmediato y le es, en parte, inmanente a él mismo” (Durkheim, 2007:233).

 

Claro que había temor en las poblaciones prehistóricas, pero esa no fue la causa de la religión, ya que los primeros cultos estaban relacionados con objetos, animales y plantas familiares al grupo, no los grandes fenómenos naturales, sino las pequeñas cosas que nos brindan una identidad. Estas pequeñas cosas estaban estrechamente a su modo de vida, de cazadores y recolectores, después, con el desarrollo de la agricultura, la religión se desarrolló con los fenómenos naturales, ya que estaban relacionados con el ciclo de cultivo y por ende con su supervivencia.

 

De este modo, los hombres primitivos empezaron a distinguir aquello que les era familiar, que los unía con su comunidad, de aquello que no les representaba ningún significado y así fue como surgió la diferencia entre lo sagrado y lo profano, que no tiene relación alguna con lo sobrenatural, idea totalmente ajena a la religión primitiva, sino al valor común que se le otorgaba a los objetos, plantas y animales en función de su significado social. Al ser lo sagrado lo que brinda identidad y significado a una comunidad, tiene que ser protegido a toda costa de interferencias mundanas, es decir, de la profanación, pues de lo contrario la comunidad perdería su cohesión social y su sentido de vida.

 

En el caso de la noción de inmortalidad, las religiones primitivas tienen mucho que aportar, ya que “la noción de alma no implicaba la idea de sobrevivencia, sino que más bien parecía excluirla (…) el alma, aunque se distingue del cuerpo, se cree sin embargo que es estrechamente solidaria con él: envejece cuando él envejece (…) es la perpetuidad del grupo. Los individuos mueren, pero el clan sobrevive” (Durkheim, 2007:273).

 

Vemos pues que las religiones primitivas no prometían una vida después de la muerte, sino que obedeciendo a esa necesidad de identidad y significado, ofrecían algo muy concreto y real como es la perpetuidad del individuo mediante el grupo, es decir, la trascendencia colectiva y no un atractivo individualista como es la inmortalidad.

 

2. RELIGIÓN DERIVADA

 

Con el desarrollo de la agricultura surgió la civilización y con ella la religión se transformó. Uno de los primeros cambios que sufrió la religión fue su conversión de naturalismo al animismo, es decir a atribuir conciencias a las cosas, animales y plantas.

 

En tal sentido, aquellas fuerzas impersonales que daban significado a la identidad de una comunidad, se transmutaron en fuerzas personificadas, tales como dioses, que si bien conservan los valores que sacralizan a una comunidad, su constitución se superpone al mundo natural. De este modo surgió la división entre lo natural y lo sobrenatural, entre los dioses y los hombres, entre lo animado y lo inanimado.

 

Estas dualidades no son gratuitas, obedecen a una situación histórica determinada, en la cual la producción material de alimentos y otros recursos hizo posible la toma de poder de un grupo o de un individuo, con el correspondiente sometimiento de otros. Esta dominación requería de su oportuna justificación ideológica, pues no bastaba con mantener el dominio por la fuerza, había que justificar tal relación religiosamente.

 

En tales circunstancias, la religión primitiva debía ser transformada gradualmente, el naturalismo se convirtió en animismo, donde se propició el temor ante la naturaleza, ya que cada fenómeno natural es una entidad furiosa, dispuesta a aniquilarnos. Además sólo los dominadores podían tener acceso al conocimiento del mundo, de modo que sólo ellos podían comunicar cómo funciona el mundo, con autoridad y razón indiscutible, es decir, con el dogma. De este modo el conocimiento racioempírico de la religión primitiva degeneró en dogma irracional (revelado) de la religión derivada.

 

Vemos pues, que las principales características de las religiones modernas no existían en la religión originaria, sino en su desarrollo posterior. Dogmas, dioses, temor e incluso inmortalidad fueron creados para dominar y someter a la población, pues la promesa en la vida después de la muerte eliminaba toda aspiración de trascendencia terrenal y social.

 

El animismo se consolidó como politeísmo, es decir, las almas o conciencias que habitaban los fenómenos u objetos del animismo, tomaron identidad propia y poderes absolutos en el politeísmo, mejorando así el instrumento de dominación social. Con la invención del monoteísmo se perfeccionó dicho instrumento, pues bastaba formular un solo ser supremo para mantener a la población sometida. Pero el monoteísmo rara vez fue asimilado en su totalidad por la población, ya que a menudo se conservaron rezagos politeístas como la trinidad o los santos, éstos últimos permitieron un acercamiento más personal del pueblo con las religiones oficiales, ya que el dios monoteísta servía más para el temor y los santos servían más para la consolación.

 

El monoteísmo no fue enteramente negativo en el desarrollo de la humanidad, ya que facilitó la unificación de creencias que no permitía el politeísmo y con ello propició la formación del Estado, ya que la unidad ideológica generó cierta unidad política. Una de las primeras religiones monoteístas fue el judaísmo, que en sus inicios tuvo un Estado teocrático.

 

Dentro del cristianismo se formularon las tres virtudes teologales necesarias para la dominación: fe, esperanza y caridad.

 

2.1 Fe. Para la religión primitiva no era necesaria la fe, pues la realidad y la creencia estaban estrechamente entrelazadas, ya que toda creencia religiosa tenía una fuerte base racioempírica. Pero las religiones derivadas tenían que imponer dogmas en franca contradicción con la realidad, para poder engañar al pueblo. La fe sirve para que pueda creerse en algo que contradice la experiencia, es decir, para que las personas confíen en un ser supremo ajeno a la realidad, desnaturalizado y poderoso. La fe tenía que formularse como una virtud, como algo deseable, para que el pueblo lo asumiera como suyo y lo integrara en su cosmovisión.

 

2.2 Esperanza. En la religión primitiva no hacía falta esperanza de ningún tipo, pues su cosmovisión implicaba una integración a la naturaleza y a la comunidad que no requería de un mundo sobrenatural. Por el contrario, el sometimiento social que requieren las religiones derivadas, hace necesaria la formulación de una esperanza de bienestar después de la muerte, que haga soportable la pesada carga de la existencia terrenal. Carga provocada por los grupos de poder y no por voluntad divina.

 

2.3 Caridad. La caridad como virtud teologal es lo mismo que la llamada regla de oro: ama a tu prójimo como a ti mismo. Nuevamente, en la religión primitiva no hacía falta una regla que dictara amar, ya que las comunidades eran capaces de vivir en armonía con los pocos recursos que tenían. Por el contrario, cuando un grupo de personas somete a otro, es necesario formular una regla de amor, para así moralizar la conducta de los oprimidos y amansarlos lo más posible, de modo que sea menor el riesgo de una revuelta.

 

Vemos entonces que las religiones derivadas no son más que una deformación de las religiones espontáneas de la época primitiva, que sólo sirven como instrumentos de dominación y de engaño, pero sobre todo de enajenación, ya que el invento del mundo sobrenatural (como el cielo) subordina y desvaloriza el mundo real y a nosotros mismos, haciendo que todo pierda significado y se genere una falsa identidad.

 

3. RELIGIÓN DEGENERADA

 

Ante la falta de significado de las religiones derivadas, surgió una amplia gama de religiones degeneradas, las cuales son un intento desesperado por poseer un sentido e identidad, a falta de opciones religiosas o sociales.

 

La religión degenerada es la predominante en la sociedad actual, pues aunque la mayor parte de la población se considere de alguna religión oficial, su actuar obedece a una falta de sentido y de identidad, ya que predomina el individualismo. El problema de la mayor parte de los ateos radica en que se limitan a atacar a las religiones y a los dioses, pero no ofrecen nada semejante a lo que las religiones brindan, como el significado o la identidad.

 

La búsqueda de identidad y significado es inmanente al ser humano, como la religión actual no es capaz de satisfacer esa necesidad, la sociedad ha generado válvulas de escape, tales como el fanatismo patriótico, deportivo o musical. Si comparamos estos fenómenos con lo que fue la religión primitiva, vemos que se asemejan mucho. Por ejemplo, un aficionado típico al futbol se siente identificado con un club y comparte actividades y lugares con los otros fanáticos, el club tiene simbolizado un animal o algún otro emblema que les brinda una identidad grupal, la pasión que tiene por el equipo le da significado a su afición e incluso a su vida y los accesorios del club son de un valor absoluto, es decir, sagrados.

 

Otra forma de religión degenerada es la llamada “nueva era” que aprovecha la falta de respuestas de la religión derivada y los avances de la ciencia para mezclar todo tipo de creencias orientales, occidentales, religiosas, astrológicas, mitológicas y científicas, con el objetivo de hacer grandes negocios. Uno de sus mayores éxitos es la metafísica cristiana, que tiene como su principal argumento: lo que pienses se hará realidad. Evidentemente que con un lenguaje sencillo y con palabras atractivas gran parte de la población ignorante y desorientada aceptó ciegamente las ofertas de la nueva era, que es muy lucrativa, no sólo por la venta de libros, sino por las conferencias, exposiciones y venta de accesorios de todo tipo.

 

¿Qué encontramos en la nueva era? No brinda una identidad y un significado como la religión primitiva, pues es una mezcla heterogénea de culturas y creencias contradictorias. No es el producto de la civilización y el desarrollo histórico como la religión derivada, sino la mezcla arbitraria de creencias y supersticiones. No es como el fanatismo deportivo o musical que al menos ofrece cierta identidad y diversión sana (regularmente). La nueva era es uno de los engaños y estafas más grandes en materia de religión que haya existido y una gran ofensa para la cultura y la inteligencia humana.

 

Todo este fenómeno es consecuencia de la falta de significado e identidad que generan las religiones derivadas, las cuales son un instrumento de dominación ideológica de las clases poderosas para mantener al pueblo ignorante y manso. Los fanatismos deportivos, musicales y de la nueva era, entre otros, contribuyen al mismo control social, pero esto puede cambiar, como veremos en adelante.

 

4. RELIGIÓN LIBERADA

 

Las religiones derivadas son un instrumento de opresión, sin embargo, muchas de ellas tomaron como base las religiones populares que ofrecían cierto significado e identidad, pues tenían que partir de lo que creía el pueblo para dominarlo con sus propias herramientas.

 

Este es el caso del cristianismo, pues las enseñanzas cristianas eran un instrumento de lucha contra la injusticia y la opresión de Roma contra los pueblos dominados. Luego Constantino tomó el poder e hizo del cristianismo la religión oficial, neutralizando toda insurrección.

 

Los argumentos del cristianismo perduraron en la Biblia como letra muerta y sólo hacía falta que las condiciones históricas fueran propicias para su aprovechamiento. Este fue el caso de América Latina, donde surgió la Teología de la Liberación en 1968. La cual recupera las enseñanzas cristianas en cuestiones de lucha social. Esta corriente contiene aspectos tanto de la religión primitiva como de la derivada, ya que maneja cierta inmanencia, como se explicará en adelante.

 

Hemos visto que la religión derivada se fundó en el engaño y la opresión. Los primeros cristianos lo evidenciaron: “Dime, ¿De dónde te viene a ti ser rico?, ¿de quién recibiste la riqueza? Y ése ¿de quién la recibió? Del abuelo, dirás, del padre. ¿Y podrás, subiendo el árbol genealógico, demostrar la justicia de aquella posesión? Seguro que no podrás, sino que necesariamente su principio y su raíz han salido de la injusticia” (citado en Miranda, 1971:30). Este aspecto no es meramente moral, en el sentido de que todos busquemos ser pobres, sino que es político, pues evidencia que la acumulación de riqueza implica el robo, así como declara Ambrosio: “No le regalas al pobre una parte de lo tuyo, sino que le devuelves algo de lo que es suyo” (citado en Miranda, 1971:31).

 

Esta injusticia que permite la existencia de clases sociales es evidentemente justificada por la ley, de modo que todo intento de insurrección por causa de la justicia será reprimido, es por eso que la propia Biblia está en contra de la ley: “Habéis roto con Cristo cuantos buscáis la justicia en la ley; os habéis apartado de la gracia” (Gal 5,4).

 

La Biblia contiene una infinidad de argumentos contra la riqueza y la injusticia, pues los poderosos parten de las creencias populares y las institucionalizan para someter al pueblo con sus propios instrumentos, es por eso que la religión derivada se funda en premisas políticas populares, pero que son mediatizadas por la institución hasta trastocarlas en valores morales, de modo que se mantenga la desigualdad intacta. En otras palabras, “que a los ojos de la Biblia la sociedad dividida en clases es mala en sí misma, no por causa de esencias, sino porque es absolutamente imposible que llegue a existir sin la violencia y el despojo que un grupo ejerce sobre todo el resto de la población” (Miranda, 1971:37).

 

Un ejemplo de este trastrocamiento moral de un fenómeno político lo encontramos en Sodoma, pues la religión institucional pretende interpretarlo como un caso de pecado moral, incluyendo la sodomía, en vez de atenerse a las razones bíblicas, “Este fue el crimen de tu hermana Sodoma: lujo, opulencia y despreocupada seguridad fue el delito de Sodoma y sus hijas: no asistió al pobre y al indigente (Ez 16,49).

 

La búsqueda de justicia en el cristianismo no es uno de tantos preceptos, sino el principal, tanto que sólo mediante él es posible conocer a Dios. Es decir, la práctica religiosa que, según la Biblia, nos permite acercarnos a la divinidad es la justicia terrenal, pues en un pasaje se expresa: “defendió la causa del pobre y del indigente. ¿No es esto conocerme? Dice Yavé” (Jer 22,16). Por la misma línea, el amor al prójimo de la Biblia no es ese amor romántico y ambiguo que suele predicarse, sino un amor-justicia que lucha no sólo en sentido moral, sino políticamente, contra los poderosos y no sólo contra la “maldad”.

 

En la Biblia hay evidencia de una religión inmanente, es decir, de naturalismo. Un ejemplo de ello radica en esta frase: “Los injustos serán exterminados, la estirpe de los inicuos se extinguirá, los justos poseerán la tierra, la habitarán por siempre jamás” (Ps 37, 28-29). En tal sentido, para esta religión la divinidad no busca realizarse en lo más alto, sino aquí en la tierra, desea instalar el reino de Dios en la tierra, lo cual sólo es posible ejerciendo la justicia terrenal, que está en clara contraposición con soportar el sufrimiento por la esperanza de la vida eterna. Pues incluso “como última enemiga será destruida la muerte” (1 Cor 15,26). Es evidente que si se quiere vencer a la muerte no se está confiando en una vida eterna fuera de este mundo, sino en realizarla terrenalmente. El reino de Dios no es de este mundo, pero sólo se realiza en este mundo.

 

Además, es probable que la idea de Dios en la Biblia sea sólo una metáfora, la cual nos permite actuar significativamente en función de la identidad social. En otras palabras, “la Biblia entiende el espíritu de Yavé como una manera de ser y de actuar, como caracterización cualitativa, más que como hipóstasis o entidad o persona” (Miranda, 1971:191). En ese sentido, parece que la idea de Dios en la Biblia no es otra cosa que una herramienta conceptual para establecer la justicia como la máxima de acción y como un proyecto de realización terrenal, por eso Miranda apoya la traducción de Ex 3, 14 como “seré el que seré” y no como “soy el que soy” referido a Yavé (1971:248).

 

En síntesis, si bien la religión derivada manipula los libros sagrados a su beneficio, los que los escribieron apostaban por una lucha contra la injusticia, la acumulación de riqueza y la opresión. De este modo, la propuesta de los primeros cristianos y de los teólogos de la liberación consiste en buscar la justicia terrena y la realización, identidad y significado del ser humano mediante la lucha social, contrario a la religión institucional que promete la dicha eterna a cambio del sufrimiento en vida.

 

5. RELIGIÓN SUPERADA

 

Suele argumentarse que la religión es la base de la sociedad y que de hecho somos seres religiosos, sin embargo, hemos visto que lo que genera la religión es una necesidad de identidad y significado, los cuales no necesariamente requieren de una religión.

 

Sería ingenuo idealizar a la religión primitiva como una supuesta Edad de Oro, pero tampoco podemos rechazarla como mero salvajismo. Tenemos que valorarla en su justo medio, resaltando que brindaba identidad y significado sin necesidad de dioses, inmortalidad o sobrenaturalidad. También sería ingenuo pretender regresar a ese pasado primitivo, lo que no implica dejar de recuperar aspectos positivos de nuestros ancestros.

 

En  el caso del cristianismo primitivo, retomado por la teología de la liberación, tenemos que rescatar esa propuesta de lucha social contra la injusticia, lo que brinda un significado complementario a la religión primitiva y tenemos que rechazar su dogmatismo, que está en contradicción con el conocimiento racioempírico que nos acerca a la realidad concreta.

 

La mejor forma de salvar los aspectos positivos de la religión consiste en integrarlos en una visión dialéctica, que sea capaz de actualizarlos. Y la mejor forma de evitar los rezagos sobrenaturales que generan enajenación consiste en poseer una visión materialista. En ese sentido, la propuesta de este escrito es el materialismo dialéctico.

 

Consecuentemente, el marxismo (o materialismo dialéctico) sostiene una visión naturalista, pues afirma que cuando conozcamos a fondo las leyes de la naturaleza y de la sociedad “volverán los hombres, no solamente a sentirse, sino a saberse parte integrante de la naturaleza y más imposible se nos revelará esa absurda y antinatural representación de un antagonismo entre el espíritu y la materia, el hombre y la naturaleza, el alma y el cuerpo” (Engels, 1961:152). En tal sentido, aquélla visión racioempirista que tenía la religión primitiva, es semejante a la visión científica del mundo, de modo que la mejor forma de conocer las leyes de la naturaleza y de la sociedad consiste en partir de la ciencia y no del dogma religioso.

 

Por la misma línea, el marxismo propone una identidad que esté con los explotados y los oprimidos, por eso sugiere una conciencia de clase, que nos identifique dentro de un todo social y nos brinde un significado histórico de lucha contra la injusticia, semejante a la teología de la liberación, pero sin los rezagos de la religión derivada, como Dios y lo sobrenatural.

 

Inclusive, mediante el marxismo podemos sugerir una identidad que trascienda lo humano y nos haga sentir identificados con el cosmos, pues si en la historia del universo la materia se ha desarrollado desde lo físico hasta lo social y técnico, esto sugiere que podemos contribuir a dicho sentido con el desarrollo de la sociedad. De este modo aquélla identificación del hombre primitivo con su entorno, puede ser recuperada de manera dialéctica, donde los conocimientos científicos sean la base de una visión que nos identifique con el universo, pues como decía Sagan: estamos hechos de polvo de estrellas.

 

 

Del mismo modo, la perpetuidad colectiva que ofrecía la religión primitiva y que la religión derivada tergiversó en inmortalidad del alma, puede ser recuperada con la trascendencia en sentido histórico que sugiere el marxismo, es decir, no buscar una vida eterna, sino trascender nuestro tiempo mediante la lucha social. Se vence a la muerte cuando se le acepta como algo natural, no cuando se busca vivir indefinidamente.

 

Además el apasionamiento por la vida adquiere autenticidad cuando se lucha por objetivos genuinos, como la justicia social, cuando se entrega la vida por una causa justa, cuando el trabajador se une con sus semejantes para pedir un empleo digno, cuando el ama de casa pide un trato justo por el trabajo que realiza en el hogar. Esta pasión por la vida que ofrece la religión, puede ser recuperada con creces en la lucha por una sociedad mejor.

 

El marxismo es un proyecto de emancipación, por lo que aún está por realizarse y a semejanza del dios bíblico, “será el que será”. En otras palabras, el proyecto socialista del materialismo dialéctico es aún una utopía, pero no en el sentido de que jamás se realizará, sino que tiene posibilidades de efectuarse en razón de que parte de las condiciones históricas para proponer una sociedad justa y plenamente desarrollada.

 

Evidentemente que cualquier proyecto de emancipación corre el peligro de fracasar, por eso necesitamos de la esperanza, pero no de una esperanza como virtud teologal, que no es más que una medida de control social, sino un principio de esperanza como el que propone Bloch (2007). Esta esperanza no es irracional como en la religión derivada, sino una herramienta más dentro de la lucha contra la injusticia, ya que “la razón no puede florecer sin esperanza ni la esperanza puede hablar sin razón; ambas en unidad marxista” (Bloch, 2007:500). Es decir, requerimos poseer la esperanza de superar la injusticia social, para que tal proyecto sea racional; del mismo modo que tenemos que racionalizar la esperanza para que ésta sea un instrumento de lucha y no una mera añoranza. La lucha social es dura y con escasos resultados inmediatos, pero los pequeños pasos cuantitativos se van acumulando hasta propiciar el salto cualitativo, por eso no debemos perder la esperanza, de lo contrario la vida perdería significado.

 

En tal sentido, el marxismo no es una religión, sino la mejor forma de superar a la religión, pues la mera negación de las deidades que sugiere el ateísmo no basta para emancipar a la humanidad de sus creencias sobrenaturales. El único modo de “derrocar a los dioses” consiste en que el pueblo tome el poder, pues sólo de esa forma es posible destruir ese aparato ideológico que engaña a la población y favorece el sometimiento e ignorancia de los oprimidos. La religión y lo dioses existirán en la mente de las personas mientras éstas vivan en la injusticia que conlleva el sistema capitalista y la ignorancia anticientífica que supone el dogma, sólo puede lograrse la emancipación religiosa cuando se forje la emancipación social, no a la inversa.

 

6. CONCLUSIÓN

 

La religión fue necesaria históricamente e incluso otorgó una identidad y un significado a la vida de las comunidades primitivas. Pero actualmente sirve como un instrumento de enajenación, dominación, opresión y engaño que debe ser superado. Dicha superación no puede efectuarse en el plano ideológico, sino con la lucha política, aquélla lucha que nos permita recuperar identidad y significado a la vida, de modo que vivamos armoniosamente con la naturaleza y nuestros semejantes. Esto sólo es posible en el socialismo científico, donde el objetivo no es regresar a un pasado ancestral, sino conocer y transformar objetivamente la realidad social y natural, con la esperanza racional en un mundo justo, libre y mejor.

 

Se ha dicho que el comunismo que ofrece el marxismo no es otra cosa que una especie de paraíso disfrazado, pero hay una diferencia radical, el paraíso o el cielo es un estado de plenitud y quietud absolutas, en cambio el comunismo será el producto del desarrollo de la técnica y de la sociedad, donde encontraremos nuevos retos y nuevos límites, los cuales podremos superar en un movimiento dialéctico que jamás termina, porque el significado de la vida no radica en llegar al final de los tiempos, sino en siempre seguir adelante.

 

También se ha dicho que todos tenemos la necesidad de creer, pero esto no implica que tal creencia sea exclusivamente religiosa. Es decir, no creer en nada nos haría caer en el sinsentido, pero podemos optar por una creencia mucho más concreta y objetiva que dioses o religiones: la creencia en la capacidad de la humanidad de mejorarse a sí misma. Nuestro credo puede ser este: “creo firmemente que la humanidad, mediante un esfuerzo constante y una lucha social efectiva, podrá superar la opresión y explotación capitalista, y será capaz de forjar una sociedad justa y plenamente desarrollada”.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Bloch, Ernst (2007) El Principio de Esperanza (3). Madrid, Trotta.

 

Durkheim, Émile (2007) Las Formas Elementales de la Vida Religiosa. México, Colofón.

 

Engels, Federico (1961) Dialéctica de la Naturaleza. México, Grijalbo.

 

Miranda, José Porfirio (1970) Marx y la Biblia. México, edición del autor.

 

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